EL MARATÓN DEL HONOR
Pocos eventos tienen tanta importancia para la
población de Bragado y sus alrededores como el famoso maratón de los veinte
kilómetros. Allí, una vez al año, se dirime qué pueblo tendrá el mejor atleta,
aquel que podrá lucir con orgullo el más alto lauro: ser el campeón del Maratón
del Honor.
Muchos no saben si la historia del maratón es
cierta o si es una simple leyenda de hazañas increíbles con héroes necesarios.
Dicen que, a fines del siglo XIX, los pobladores de la zona debían soportar el
asedio de los últimos malones de indios pampas que aún quedaban en la provincia
de Buenos Aires. Eran épocas en las que el Ferrocarril iniciaba un camino de
progreso y expansión insoslayable.
Quizás por ello, los descendientes del famoso
cacique Calfucurá insistían en atacar una y otra vez a los pobladores que se
radicaban junto a las estaciones ferroviarias. Si bien los malones eran cada
vez de menor importancia, sus ataques creaban pánico y desconsuelo entre los
habitantes, la mayoría de los cuales eran inmigrantes recién llegados de
Europa, principalmente italianos, vascos y gallegos.
Ante esta situación, el gobierno envió a la zona un
regimiento del Ejército Nacional para defender a la población y repeler en
forma definitiva al aguerrido malón. Cuando el ejército se encontraba acampando
en las afueras de la actual ciudad de Bragado, más de trescientos indios
comenzaron un rápido avance desde el oeste. Al ver lo que pasaba, ocho jóvenes
que se encontraban en la vecina estación de Olascoaga decidieron dar aviso a la
tropa; para ello transitaron corriendo, muy valientemente, durante la noche los
veinte kilómetros que los separaban.
Gracias a ese valioso aviso, el ejército pudo
repeler el ataque, logrando la rendición y liberando para siempre la zona del
ataque del indio. Los ocho jóvenes fueron nombrados los héroes máximos de la
ciudad. En conmemoración de tamaña gesta, a partir del año 1900, se instituyó
el gran premio del Maratón del Honor para quien recorriera en menor tiempo la
distancia que separa a Olascoaga de Bragado: veinte kilómetros de gloria donde
el ganador se transformaba en el nuevo héroe y en el portador de la máxima
admiración de todos los pueblos vecinos.
Con el paso de los años, el maratón fue tomando
mayor importancia. La leyenda se fue transformando en epopeya, llegando a oídos
lejanos; tal es así que, año a año, se sumaban atletas de ciudades distantes y
hasta solían venir reconocidos corredores de la Capital Federal. Para los
lugareños, el honor del triunfo ya no era solo para el ganador, sino también para
el pueblo al que representaba.
Miles de personas se juntaban alrededor del
polvoriento camino de tierra para alentar y vivar a sus atletas. Era una
verdadera fiesta en donde el corte de la cinta de llegada despertaba la máxima
felicidad o la infinita desilusión, según quién fuera el ganador.
La gloria nos fue esquiva durante casi cuarenta
años a los nacidos en Olascoaga. La decadencia del ferrocarril quizás fue
arrastrando al pueblo a una muerte paulatina, donde poco a poco las familias se
fueron marchando buscando mejores horizontes en poblaciones más grandes y con
mejor porvenir. De los cinco mil habitantes de los años sesenta, ahora solo
quedaban mil quinientos; muy pocos para sacar algún atleta que nos devolviera el
honor que tanto necesitábamos.
Pero algo fantástico ocurrió en el verano de 1983.
Ese sería nuestro último año de escuela secundaria y, quizás, la última
oportunidad de poder ganar el maratón, ya que muchos de nosotros —los que
compartíamos los sagrados momentos de la adolescencia— teníamos pensado seguir
nuestros estudios en Buenos Aires o en La Plata. Eso significaba el principio
de un seguro cambio de vida, donde lo importante pasaría por otro lado y no
precisamente por la inexplicable espera de la llegada de todos los 25 de
octubre, día en el que puntualmente a las once de la mañana, y durante casi
cien años, se largaba el famoso maratón que todos queríamos ganar.
Ninguno de nosotros imaginó que ese enero de 1983
nos depararía tanta felicidad. Creo que nunca hizo tanto calor como esa tarde.
La bendición más grande era poder disfrutar de la pileta del Club Defensores y
sus fresnos salvadores, que le daban un marco apacible como si fueran postales
de recreos caribeños.
Carla Manfredi era la mejor alumna y, además, la
mejor cebadora de mate de toda Olascoaga. Si bien no era una mujer
convencionalmente atractiva, su simpatía era suficiente para cautivar cualquier
corazón adolescente. Quizás por eso no nos sorprendió verla llegar al club con
dos muchachos; lo que sí nos sorprendió fue que los dos eran casi iguales.
Fue la primera vez que veíamos a dos gemelos en
Olascoaga. Sus nombres eran Luis y Miguel Travani. Sus padres eran los nuevos
encargados de la estancia El Chapalco y serían nuestros nuevos compañeros del
último año del secundario. En un principio sentimos cierto resquemor por estos
forasteros; es que todas las chicas se volvían locas por ellos y uno, en esos
casos, siente esos estúpidos celos que lo llevan a desear mucho más lo que
antes ni siquiera era tenido en cuenta.
Todo esto pasó rápidamente cuando jugamos el primer
partido de fútbol del año. Como no sabíamos las calidades futboleras de los
gemelos, comenzaron siendo suplentes. El partido estaba siendo muy disputado,
como todos los que jugábamos contra El Fortín, el otro club del pueblo: mucha
pierna dura y poco fútbol.
En el segundo tiempo, dos de nuestros jugadores
pidieron el cambio. No quedaba otra que hicieran su debut los gemelos Travani.
Bastaron solo cinco minutos para que nos diéramos cuenta de que estábamos en
presencia de algo extraordinario. No era precisamente la habilidad futbolística
de los hermanos lo que nos sorprendió, sino su velocidad y resistencia física.
Corrían como gacelas y nunca se cansaban; lo hicieron hasta el final del partido
y, cuando todos teníamos la lengua afuera, ellos estaban fresquitos y
descansados.
Mientras estábamos en los vestuarios cambiándonos,
me llamó la atención la actitud de Ernesto Ormaechea. Hasta ese momento era el
más ferviente enemigo de los hermanos, pero ahora, sin mesura, no hacía más que
alabarlos y abrazarlos; se lo veía totalmente eufórico. Durante algunos
segundos, la mayoría de nosotros cruzamos miradas sin entender lo que pasaba.
Ernesto era un líder natural, difícil de cambiar de pensamiento; como buen hijo
de vasco, era obstinado y terco, aunque muy vivo y pícaro.
Al otro día, mientras mateábamos en la pileta del
Defensores, Ernesto dio una lección de estrategia y planificación dignas de un
agente de la CIA. Los cuarenta y cinco minutos de fútbol de los gemelos habían
despertado en su mente un plan maestro que tendría como único objetivo
recuperar para nuestro pueblo la gloria que durante muchos años nos había sido
esquiva: obtener la tan preciada copa del Maratón del Honor.
Ernesto había estudiado absolutamente todo: desde
los tiempos de entrenamiento y los lugares donde se harían, hasta quién sería
el entrenador. Llevaba consigo una dieta alimenticia especialmente diseñada
para maratonistas que le había mandado su tío desde España. Su plan era extenso
y minucioso, pero para que tuviera éxito debía realizarse absolutamente en
secreto.
Teníamos tiempo, casi nueve meses para el día de la
competencia, pero para llegar con posibilidades de triunfo había que seguir el
plan al pie de la letra. Quizás lo más difícil sería convencer a los gemelos de
que hicieran el esfuerzo de entrenarse y dar todo de sí para algo que para el
pueblo entero era primordial, pero que para ellos —recién llegados— sería
simplemente una carrera de fondo.
Pero en el plan que había pergeñado Ernesto no se
pasó por alto el adoctrinamiento. Debíamos hacer que los gemelos sintieran lo
que sentíamos todos, hacer que sus mentes solo pensaran en esos objetivos y
prepararlos para dar la vida, si fuese necesario, por el mismo. Obviamente, ya
no nos importaba que Luis y Miguel fueran los dueños de las miradas de todas
las chicas de Olascoaga, ni que se pusieran de novios con alguna que otra
hermana; ellos serían en quienes depositaríamos la última esperanza de triunfo.
Marcos Manfredi, el papá de Carla, había sido la
última gloria del pueblo con su sexto puesto en 1966. Era el indicado para
asumir el rol de entrenador, según la estrategia de Ernesto. En sus tiempos de
juventud había sido un gran atleta; entrenaba en el club River Plate y se
destacó principalmente en los cien metros llanos, llegando a tener la tercera
marca del país. En una vieja revista El Gráfico, que Carla guardaba como
el más grande de los tesoros, se hacía alusión a "Marcos Manfredi, la
esperanza del Deporte Argentino", con una página completa y su foto de
cuerpo entero junto a la pista de atletismo de River.
Desgraciadamente, la vida le jugó una mala pasada:
una grave lesión en los ligamentos cruzados cortó abruptamente sus sueños.
Todos en el pueblo saben que la vida de Marcos ya no fue la misma desde aquel
fatídico día en que le dijeron que ya no podría hacer deporte de alta
competición. Entró en una gran depresión y se convirtió en una persona
totalmente ermitaña que solo con el paso de los años logró volver a
sociabilizar. Aquel joven entusiasta que se llevaba el mundo por delante se
había transformado en un simple mortal resignado a sobrevivir, relegando para
siempre sus sueños de gloria y reconocimiento.
Por lo tanto, no sería tarea sencilla convencerlo.
Carla tenía mucha afinidad con su padre y, después de insistir e insistir, pudo
lograr lo que nadie hasta ese momento: lo convenció. Marcos Manfredi volvía al
atletismo, ahora como entrenador, con un único objetivo: preparar a los gemelos
para ganar el Maratón del Honor.
El plan de Ernesto iba tomando forma; él sabía
perfectamente que para lograr el máximo objetivo era primordial contar con
Manfredi. La primera semana de marzo comenzó el entrenamiento. Don Marcos había
dispuesto que el lugar indicado para realizar la preparación debía ser la
estación del ferrocarril. Por supuesto que hacia allí marchamos cinco de
nosotros junto a los gemelos. Al llegar, encontramos al flamante entrenador
montado en una bicicleta de carrera; llevaba un silbato colgando del cuello y
observaba fijamente su reloj, un Citizen digital con cronómetro y perillas
negras.
Cuando llegamos junto a él, nos miró fijamente y,
con cara de pocos amigos, nos dijo: —Llegaron tarde. Hace cinco minutos que
debían estar aquí. Los que van a entrenar, quiero que den diez vueltas
alrededor de la plaza; al resto no los quiero ver ni en el horizonte.
Con mucha bronca salimos corriendo para el lado del
embarcadero que, gracias a su altura y por estar detrás de la estación, era un
lugar privilegiado para observar todo sin que Manfredi nos viera.
El entrenamiento se hacía cada vez más riguroso,
aunque no entendíamos muy bien sus métodos, ya que los pobres gemelos se la
pasaban empujando una vieja zorra de vía, ida y vuelta, como unas veinte veces
en tramos de trescientos metros. Lógicamente, terminaban muertos y
malhumorados.
Después de quince días ocurrió algo que no estaba
en los planes de Ernesto, aunque la mayoría de nosotros lo veíamos venir: los
gemelos se plantaron y se negaron rotundamente a seguir. Adujeron que estaban
agotados y que a ellos les gustaba correr, pero no empujar una zorra por la vía
como si fueran empleados ferroviarios mientras un tipo totalmente demente los
maltrataba física y psicológicamente.
No sirvió de nada el monólogo de Ernesto dando
explicaciones del gran evento, de su historia y de la importancia de realizar
cualquier sacrificio en nombre del honor del pueblo. A mí, cuando lo escuchaba,
se me ponía la piel de gallina y me daban ganas de salir a correr ya mismo,
pero los gemelos no llevaban en sus venas ese sentimiento que teníamos todos
los nacidos en Olascoaga.
El plan sería un fracaso si no hacíamos algo
urgente. Fue entonces que Ernesto propuso ir a hablar con Don Marcos, algo que
en otras circunstancias nos habría parecido totalmente disparatado dado el
difícil carácter del entrenador, pero al no haber muchas alternativas no nos
quedaba otra opción.
La reunión la realizamos en el bar del Club
Defensores a las 20:00 del sábado 20 de marzo. Antes de que Ernesto pudiera
explicar el motivo, Don Marcos se despachó con un discurso sobre el rol del entrenador
y la obediencia. Explicaba que el éxito de cualquier empresa donde participan
más de dos se funda principalmente en la confianza mutua y en el respeto que el
que dirige se merece. Para Don Marcos, la disciplina era la ley fundamental y
los que no se ajustaban a ella no merecían ser sus dirigidos.
Su convicción era tan firme que Ernesto se quedó
sin habla. Se lo veía resignado y sin facilidad de palabra. Se hizo un silencio
sepulcral mientras el mozo esparcía pacientemente las gaseosas sobre la mesa,
hasta que Ernesto recuperó su semblante y dijo algo inesperado pero genial:
—Don Marcos, siga con su entrenamiento, pero... ¿qué tal si cambiamos la zorra
por un carro repartidor de soda? Así pueden correr por el camino del maratón.
De esa manera los muchachos sentirán que comienzan a correr la competencia y,
de paso, se irán habituando al circuito.
Don Marcos dudó unos instantes, se rascó la cabeza,
esbozó una leve sonrisa y, con voz suave pero firme, dijo: —No está mal la
idea. ¿Pero de dónde sacamos un carro repartidor de soda? —Eso está resuelto,
Don Marcos —respondió Ernesto—. Usaremos uno que ya no utiliza mi viejo para
los repartos. Hay que engrasarlo un poco, pero va a estar en condiciones.
Ahora solo quedaba explicarles a los gemelos que
debían volver a los entrenamientos, pero que esta vez sería mucho más
divertido. Al día siguiente hicimos la presentación de la nueva maquinaria.
Para hacerlo más atractivo, logramos convencer a María y a Claudia, las chicas
más lindas del pueblo, para que se subieran al carruaje. Fue así que los
futuros campeones salieron a probar el extraño carro por el camino de tierra
que bordea las vías.
Decididamente, fue una gran idea. Los muchachos se
motivaron de tal manera que corrieron como tres kilómetros con las chicas
arriba del carro sin inmutarse. Muchos de nosotros los seguíamos de cerca en
bicicleta, alentándolos y, en cierta forma, festejando por algo que seguramente
debería llegar: la copa del honor volvería a Olascoaga.
Con el correr de los meses, los gemelos habían
adquirido un estado físico espectacular. Don Marcos sostenía que estaban cerca
de llegar al tiempo récord para correr el maratón; el número ideal era 80
minutos para los 20 km, y nuestros atletas ya habían logrado la extraordinaria
marca de 82 minutos. Faltaban dos meses para el evento y él estaba seguro de
que iban a superar esa marca.
Por primera vez, los dos clubes de Olascoaga se
habían unido. Se conformó una comisión de festejos; el triunfo por venir
merecía una fiesta muy especial y no se quería dejar ningún detalle librado al
azar. Los gemelos eran los jóvenes más populares de Olascoaga y su fama había
trascendido los límites del pueblo. Sin embargo, tanto Luis como Miguel nunca
se agrandaban: entrenaban con todas sus fuerzas y seguían atentamente los
consejos de Don Marcos.
Por fin llegó octubre. Nuestros sueños estaban a la
vuelta de la esquina. Los gemelos lograron el mejor tiempo que nadie jamás pudo
lograr: ¡78 minutos para 20 km era toda una marca!
La mañana del 20 de octubre, Don Marcos y Vicente
Fernández, delegado municipal de Olascoaga, marcharon rumbo a Bragado a
realizar las inscripciones correspondientes. Por la tarde, el Sr. Fernández
apareció por el Club Defensores y encaró directamente para donde estábamos
nosotros. Ernesto se avivó enseguida de que algo no estaba bien y lo atajó
antes de que llegara a la mesa.
—¿Qué pasó, Fernández? ¿Hubo algún problema con la
inscripción de los Travani? —preguntó Ernesto. —No, pero lamento decirles que
hay un inscripto que no estaba en los planes de nadie. —No lo entiendo, ¿a qué
se refiere? —insistió Ernesto. —Muchachos, lamento profundamente comunicarles
que se inscribió para el Maratón del Honor Carlos Silva, campeón argentino y
sudamericano de fondo.
No podíamos creer que esto estuviera pasando. Tanto
tiempo de entrenamiento, de preparativos, de esperanzas... para nada. Era
sencillamente imposible ganarle a Silva. Todos los corredores eran aficionados
y él un afamado profesional. ¿Cómo superar su increíble marca sudamericana de
60 minutos para los 20 km? Era prácticamente imposible.
Don Marcos nos esperaba a la salida. Se lo veía
tranquilo y sereno. Con sus medidas palabras, nos dijo: —Lo que está mal es el
reglamento, no deberían dejar participar a profesionales. Pero a no hacerse
problema; vamos a llegar hasta el final. En este caso sería una gran
satisfacción lograr el segundo y tercer puesto. Estoy seguro de que con Luisito
y Miguel lo vamos a lograr.
El fastidio nos invadía. Nuestra última oportunidad
se esfumaba estando tan cerca; era una injusticia que costaría mucho digerir.
Ernesto había quedado totalmente desanimado; ya no iba a los entrenamientos y,
en los recreos del colegio, se apartaba de nosotros. Se sentaba debajo del gran
gomero del patio central y fijaba su mirada en algún punto distante que nadie
podía divisar.
Su comportamiento había cambiado tanto que hasta se
lo veía charlando amigablemente con Juan Charadía, el hijo del único médico del
pueblo; un petiso agrandado que la mayoría de nosotros no soportábamos y al
cual Ernesto nunca en su vida le había dado bolilla.
Faltando un día para el gran evento, ocurrió lo
peor. Todo se transformaba en una pesadilla donde nuestras ilusiones eran las
presas de un gran monstruo llamado MALA SUERTE.
Carla entró corriendo al salón envuelta en un mar
de lágrimas y gritando tanto que casi no le entendíamos qué decía. Después de
unos minutos se tranquilizó y, con voz ronca y entrecortada, nos dijo que Luis
se había fracturado la tibia y el peroné. —Parece ser que cuando venía para el
colegio metió el pie en un pocito y chau.
Todos pensamos que era una broma de mal gusto de
Carla en combinación con otras chicas para darnos el máximo susto de nuestras
vidas, pero desgraciadamente a los pocos minutos lo vimos llegar: el gemelo
Luis, con una bota de yeso hasta la rodilla y una muleta, cual si fuera un
lisiado, con cara de dolor y desilusión.
Ernesto seguía inmutable en su banco, repasando una
lección de Historia. Se hacía el desentendido, como si nada le interesara ya. Todos
pensamos que el tipo estaría deprimido o con algún ataque de pánico. Que no se
alterara por los sucesos ocurridos nos preocupaba, pero que se la pasara
leyendo el libro de historia nos preocupaba aún más.
Cuando se percató de que todos lo observábamos, sin
levantar la vista del libro, nos dijo: —¡Todavía nos queda uno!
Con todos los inconvenientes, pero con cierta
esperanza, llegó el gran día. Desde las ocho de la mañana, Don Marcos y Miguel
Travani precalentaban frente a la plaza. A esa hora ya se habían juntado más de
mil personas que querían observar la largada desde el mejor lugar posible.
Poco a poco fueron llegando los competidores de los
pueblos vecinos. Ese año se había llegado a la máxima cantidad de inscriptos;
trescientos atletas no era poca cosa. Cada vez que llegaba un auto, todos
estirábamos el cuello para ver si era Carlos Silva; interiormente conservábamos
la esperanza de que no viniera.
Faltando media hora para la señal de largada, una
hermosa cupé Chevy roja dio una vuelta alrededor de la plaza buscando llamar la
atención. Pegó un par de aceleradas, se detuvo y, antes de que la gente se
acercara, descendió de la misma el propio Carlos Silva. El campeón sudamericano
estaba en nuestro pueblo para correr y ganar.
A las once en punto, el intendente de la
municipalidad de Bragado realizó el disparo de fogueo, dando por iniciada la
competencia. En las primeras cuadras se había generado tal polvareda que no
sabíamos quién iba adelante y quién atrás. Decidimos adelantarnos para poder
ver la llegada de los corredores a la estancia "La Lechuza", distante
a unos 5 km del lugar de partida. Subimos todos a un camión que manejaba mi
viejo y fuimos a toda velocidad por un camino vecinal paralelo a la traza de la
carrera; llegamos un tiempo antes de que pasaran los maratonistas.
Desde el techo de la casa del casero se podía
observar perfectamente hasta un kilómetro en dirección hacia Olascoaga; era un
lugar excelente para saber quiénes se perfilarían para la definición en el
tramo más difícil.
A los pocos minutos, una gran nube de polvo
presagiaba la llegada de los competidores. Al enfocar la mira telescópica —que
días atrás le había sacado a la carabina de mi abuelo— me encargué de ir
relatando en qué orden llegaban los atletas. Al mirar, no podía creer lo que
estaba viendo. Decidí limpiar la lente y volver a enfocar. Pero la imagen era
la misma: al frente de un pelotón de cinco participantes venía Miguel a paso
firme, concentrado y llevándole unos veinte metros a Silva. Jorge Choque (de
Trenque Lauquen), Mario Salgado (de Santa Rosa) y el "Chueco" García
(de Bragado, último ganador) venían más atrás.
Al pasar frente a la estancia todos gritamos
alentándolo. Miguel ni se inmutaba; mantenía su paso firme y cada tanto
relojeaba el Citizen que Don Marcos le había prestado.
—¿Dónde está Ernesto? —gritó Carla. Entonces nos
percatamos que Ernesto no había subido al camión y que, por lo tanto, no estaba
al tanto de lo que sucedía. Carla se serenó y concluyó: —Ernesto últimamente
estaba muy pesimista y no creía que los gemelos fueran a ganar, entonces el
tipo tiró la toalla, aflojó y chau.
A mí y al resto de los compañeros nos parecía muy
extraño, ya que él había motivado en nosotros esta pasión por obtener algo que
jamás hubiésemos imaginado posible. Carla cortó la charla secamente y propuso
ir hasta la entrada del bosque de eucaliptos, distante a unos 4 km de la meta.
Ese sería el último puesto de observación.
Al llegar al bosque nos acomodamos a la sombra,
entre los árboles, a esperar nerviosamente el paso de Miguel y sus
perseguidores. Carla me codeó y con voz serena me preguntó: —¿Esa no es la bici
de Ernesto?
Si hay algo que se puede identificar perfectamente
en toda Olascoaga es la bici de Ernesto: es enorme, estilo inglés, verde con
llantas cromadas, llena de flecos plásticos, manoplas blancas y verdes, y una
gran antena telescópica que sale del portaequipaje con un banderín verde y
blanco, los colores del Club Defensores. —Sin dudas es la bici de Ernesto
—repliqué. —¿Qué hace aquí? Y si está aquí, ¿dónde está él?
Al rato nuestras dudas se aclararon. Desde lo
profundo del bosque vimos llegar al mismísimo Ernesto, muy tranquilo, junto al
insoportable Charadía. El desgraciado llevaba una amplia sonrisa y se lo veía
desentendido de la importancia del evento que estábamos viviendo. Ninguno de
nosotros lograba entender por qué nuestro líder, quien para muchos sería un
triunfador nato, había cambiado tanto en tan poco tiempo.
Lo cierto es que el tiempo era escaso para tratar
de entender cualquier cosa, ya que casi como rayos se veía venir a los tres
competidores que, separados ya del pelotón principal, se consolidaban como los
posibles ganadores.
En primer lugar vimos pasar a Silva, que venía
acelerando constantemente y no denotaba cansancio alguno. Detrás, el Chueco
García, que a unos cincuenta metros no quería darse por vencido, aunque su
rostro ya mostraba la fatiga de llevar el ritmo del líder. Unos cien metros más
atrás venía Miguel, meta mirar el reloj; se lo veía cansado pero concentrado.
Al entrar al bosque, todos comenzamos a alentarlo.
Pasó frente a nosotros y ni se dio cuenta de que estábamos allí; su mirada
estaba concentrada en algún punto fijo. Cincuenta metros más adelante se perdió
por un momento entre la espesa vegetación, pero retornó a la senda normalmente.
Preocupados y en silencio nos subimos al camión
nuevamente para ir directamente a la meta. Yo invité a subir a Ernesto, pero él
adujo que estaba con la bici y que prefería ir detrás de los corredores.
Al llegar a la ciudad de Bragado, todo era una
locura. Miles de personas rodeaban la calle principal por donde llegarían los
competidores. Esa calle, como en muchos pueblos del interior, se llama San
Martín y termina justo en la plaza donde se encuentran la municipalidad y la
iglesia, lugar donde tensa e inquieta espera la cinta junto a un gran pasacalle
indicador de la llegada.
En las columnas de alumbrado público, grandes
altavoces emitían la "Marcha del Deporte" y la voz de un locutor algo
ronco iba anticipando quién podría llegar a ser el ganador. Nos ubicamos justo
a la entrada de la plaza; desde ese sitio solo podíamos ver lo que sucedía en
la cuadra anterior. El locutor de la radio, por su ubicación, tenía un mejor
panorama y su relato nos informaría el orden de llegada.
Los nervios se iban incrementando minuto a minuto.
Carla alertó que ya tendrían que estar por llegar. Inmediatamente el locutor
comenzó a arengar a la población para que alentaran al Chueco García. La gente
gritaba frenéticamente; ya no se podía escuchar el sonido del altavoz, pero
desde nuestra posición aún no veíamos nada.
Súbitamente se generó un extraño silencio. El
locutor tomó la palabra y, cual relator de fútbol, comenzó a describir lo que
sucedía: —Los atletas están entrando a nuestra ciudad. Son solo tres los valientes
jóvenes que llegan en el pelotón de vanguardia. Damas y caballeros, alentemos a
estos tres valientes que van a batir el récord histórico de este centenario
maratón. En primer lugar, el campeón sudamericano Carlos Silva; seguido muy de
cerca por el último ganador, nuestro querido Chueco García; y detrás de ellos
la sorpresa de Olascoaga, Miguel Travani.
Nos preparamos para ver los últimos quinientos
metros de competencia. En ese momento los altavoces se quedaron mudos, la gente
ya no gritaba y nosotros, desde nuestro lugar, no alcanzábamos a ver nada. Solo
algunos murmullos y el nerviosismo se dejaban sentir. Hasta que alguien gritó:
—¡Ahí vienen!
Al enfocar nuestras miradas en dirección a la
esquina, observamos llegar a un flaco desgarbado corriendo a un ritmo
increíble, con los ojos bien abiertos, con paso largo y sostenido. Miguel había
tomado la punta para nunca más dejarla y ganar de esa manera el maratón más
importante de nuestras vidas.
Al cruzar la línea de llegada, Miguel fue directo
hacia donde estaba su hermano Luis, quien apoyado sobre su muleta revoleaba por
el aire la bandera de nuestro pueblo. Se abrazaron durante largo rato mientras
nosotros pugnábamos por llegar al lugar. Los festejos fueron infinitos;
mientras veíamos cómo le entregaban el preciado trofeo y la medalla de campeón,
todos llorábamos de felicidad y emoción. La gente no dejaba de aplaudir al
nuevo campeón.
Yo trataba de encontrar a Ernesto. Sabía que en
algún lugar estaba y no dudaba de la alegría que tendría quien había sido el
mentor de tamaña epopeya. Por fin lo encontré frente a la iglesia. Estaba ahí,
arrodillado en las escalinatas de piedra, rezando con una concentración que
daba miedo. No me importó nada. Me le tiré encima y lo abracé como si me fuera
la vida en ello. —¡Es todo gracias a vos, carajo! —le grité al oído, con la voz
rota—. ¡Todo Olascoaga está festejando y la culpa es tuya, Ernesto! ¡Es tuya!
Ernesto me miró. Tenía los ojos vidriosos,
perdidos. Intentó decir algo, pero la garganta se le cerró. Al final, solo se
dejó caer en mi hombro y estalló en un llanto incontenible, un llanto viejo,
como si estuviera soltando el aire que había guardado durante meses.
El regreso a Olascoaga fue glorioso. Se conformó
una gran caravana comandada por la autobomba de los bomberos voluntarios en
donde iban saludando Miguel, Luis y Don Marcos; atrás nosotros, con el camión
lleno de gente, y luego un montón de autos que no paraban de hacer sonar sus
bocinas. La fiesta duró hasta el amanecer y, durante el resto de los meses
hasta diciembre, nadie en nuestro pueblo habló de otra cosa que no fuera la
increíble hazaña del gemelo Travani, ganador del Maratón del Honor y héroe para
toda la vida de nuestra querida Olascoaga.
Con el tiempo la mayoría de nosotros emigramos:
algunos se recibieron de abogados, otros de ingenieros, otros fueron simples
empleados y otros fueron a probar suerte fuera del país.
Para la celebración de los veinte años de aquel
maravilloso logro, fui invitado por el presidente del Club Defensores de
Olascoaga, el gran Ernesto Ormaechea, a participar de los festejos del triunfo
de Olascoaga en el Maratón del Honor.
El 25 de octubre de 2003, la sede del Club
Defensores olía a lo de siempre: a humedad, a cera vieja y a los guisos de la
cantina. Allí estábamos todos, los sobrevivientes de la clase del 83. El tiempo
no había tenido piedad: las canas, las entradas pronunciadas y algún que otro
cinturón pidiendo auxilio denunciaban que aquellos adolescentes ya eran
historia antigua.
Pero lo que más me impactó fue Ernesto. Aquel pibe
que se llevaba el mundo por delante, el estratega, el líder, ahora parecía una
sombra. Estaba encorvado, con la mirada perdida en el mantel, como si cargara
una bolsa de cemento sobre los hombros. Esperábamos a los gemelos Travani, de
quienes sabíamos poco y nada, salvo que vivían en California y les iba bien.
Pero la noche arrancó rara. Ernesto se levantó,
golpeó la copa con el cuchillo pidiendo silencio y, en lugar de un brindis
festivo, tomó el micrófono y se largó a hablar con una voz que le temblaba.
—Muchachos... gracias por venir —arrancó, mirando al vacío—. Me alegra verlos,
en serio. Pero la verdad es que los junté acá porque no aguanto más. Tengo una
piedra en el zapato desde hace veinte años y me está matando.
Carla y yo nos miramos. No volaba una mosca.
—Ustedes se acuerdan de lo que nos costó llegar a ese maratón. Silva, el
campeón sudamericano que se inscribió a última hora. Y se acuerdan de Luis
apareciendo con la pierna enyesada. Bueno... ahí empieza la mentira.
Ernesto tomó aire, como si fuera a sumergirse bajo
el agua. —Cuando vi que no teníamos chance, los convencí de hacer trampa. Una
trampa sucia. Miguel corrió la primera mitad. En el bosque de eucaliptos, donde
nadie veía nada, hicimos el cambiazo. Luis, que estaba fresco, se sacó el yeso
falso que le había armado Charadía y siguió corriendo hasta la meta. Ganamos,
sí. Pero ganamos mintiendo.
El silencio en el salón era tan pesado que se podía
cortar. Carla rompió la quietud, incrédula: —Pero Ernesto, no puede ser... Yo
lo vi a Luis con el yeso en la llegada. —Puro teatro, Carla. Charadía le volvió
a poner el yeso ni bien cruzó la línea. Fue todo una puesta en escena. Y yo soy
el responsable. Les robé el honor a todos ustedes.
Ernesto bajó la cabeza, derrotado. Esperaba
insultos, gritos, reproches. Pero lo que escuchó fue una voz que venía del
fondo del salón, una voz que no habíamos oído en dos décadas. —¡Pero mirá que
sos nabo, eh!
Todos giramos. En la puerta estaban ellos. Luis y
Miguel. Más viejos, con trajes caros, pero con la misma cara de siempre.
Avanzaron entre las mesas sonriendo, mientras nosotros seguíamos paralizados.
Uno de ellos —creo que era Luis— le arrebató el micrófono a Ernesto, que los
miraba como quien ve fantasmas.
—Hola a todos. Perdonen la demora, pero venimos de
lejos —dijo, y le puso una mano en el hombro a nuestro amigo—. Ernesto,
hermano... escuchamos tu confesión desde la entrada. Y la verdad, nos da un
poco de lástima que hayas sufrido veinte años al pedo. —¿De qué hablás?
—balbuceó Ernesto. —Hablo de que esa tarde en el bosque no hubo ningún cambio
—intervino Miguel, riéndose—. Cuando llegué a los eucaliptos y lo vi a Luis
escondido, me sentí tan bien, con tanta polenta, que le grité: «¡Ni se te
ocurra salir!». Y seguí de largo.
Un murmullo de asombro recorrió las mesas. —¿Cómo?
—Ernesto estaba pálido. —Lo que escuchaste. Corrí los veinte kilómetros yo
solo. Le gané a Silva en buena ley. Luis solo se sacó el yeso para esperarme y
después se lo volvió a poner para que vos y el salame de Charadía no se
infartaran. Nunca hicimos trampa, Ernesto. La medalla es legal.
Ernesto se desplomó en la silla, con los ojos
llenos de lágrimas, mezcla de alivio y bronca. —¿Y por qué carajo no me lo
dijeron antes? —sollozó—. ¡Veinte años creyéndome una basura! —¡Porque te
escribimos mil veces, cabezón! —dijo Luis, sacando un sobre del bolsillo—. Te
mandamos cartas explicando todo apenas llegamos a Estados Unidos. Pero nunca
respondiste. Hace poco nos enteramos, gracias a Carla, de que todas las cartas
iban a la casilla 10021... que resulta ser la del turro de Charadía. Se ve que
el correo de acá sigue siendo tan desastre como siempre.
La risa general aflojó la tensión. Miguel metió la
mano en el bolsillo de su saco y sacó algo que brilló con la luz de los tubos
fluorescentes: la medalla de oro del Maratón del Honor. Se acercó a Ernesto,
que seguía sorbiendo los mocos como un chico, y se la colgó al cuello. —Esto es
tuyo, técnico. Por el plan, por el entrenamiento y por el carro de soda —le
susurró al oído, y después agregó con una mueca—: Aunque te aclaro que odio
profundamente empujar ese carro de mierda.
Ernesto acarició la medalla. Levantó la vista, los
miró a los dos y, con esa sonrisa que creíamos perdida para siempre, sentenció:
—Ustedes son unos hijos de mil putas.
Y ahí sí, el Club Defensores se vino abajo en un
aplauso que, estoy seguro, se escuchó hasta en Bragado.
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