martes, 29 de septiembre de 2009

El Maraton del Honor

EL MARATÓN DEL HONOR

Pocos eventos tienen tanta importancia para la población de Bragado y sus alrededores como el famoso maratón de los veinte kilómetros. Allí, una vez al año, se dirime qué pueblo tendrá el mejor atleta, aquel que podrá lucir con orgullo el más alto lauro: ser el campeón del Maratón del Honor.

Muchos no saben si la historia del maratón es cierta o si es una simple leyenda de hazañas increíbles con héroes necesarios. Dicen que, a fines del siglo XIX, los pobladores de la zona debían soportar el asedio de los últimos malones de indios pampas que aún quedaban en la provincia de Buenos Aires. Eran épocas en las que el Ferrocarril iniciaba un camino de progreso y expansión insoslayable.

Quizás por ello, los descendientes del famoso cacique Calfucurá insistían en atacar una y otra vez a los pobladores que se radicaban junto a las estaciones ferroviarias. Si bien los malones eran cada vez de menor importancia, sus ataques creaban pánico y desconsuelo entre los habitantes, la mayoría de los cuales eran inmigrantes recién llegados de Europa, principalmente italianos, vascos y gallegos.

Ante esta situación, el gobierno envió a la zona un regimiento del Ejército Nacional para defender a la población y repeler en forma definitiva al aguerrido malón. Cuando el ejército se encontraba acampando en las afueras de la actual ciudad de Bragado, más de trescientos indios comenzaron un rápido avance desde el oeste. Al ver lo que pasaba, ocho jóvenes que se encontraban en la vecina estación de Olascoaga decidieron dar aviso a la tropa; para ello transitaron corriendo, muy valientemente, durante la noche los veinte kilómetros que los separaban.

Gracias a ese valioso aviso, el ejército pudo repeler el ataque, logrando la rendición y liberando para siempre la zona del ataque del indio. Los ocho jóvenes fueron nombrados los héroes máximos de la ciudad. En conmemoración de tamaña gesta, a partir del año 1900, se instituyó el gran premio del Maratón del Honor para quien recorriera en menor tiempo la distancia que separa a Olascoaga de Bragado: veinte kilómetros de gloria donde el ganador se transformaba en el nuevo héroe y en el portador de la máxima admiración de todos los pueblos vecinos.

Con el paso de los años, el maratón fue tomando mayor importancia. La leyenda se fue transformando en epopeya, llegando a oídos lejanos; tal es así que, año a año, se sumaban atletas de ciudades distantes y hasta solían venir reconocidos corredores de la Capital Federal. Para los lugareños, el honor del triunfo ya no era solo para el ganador, sino también para el pueblo al que representaba.

Miles de personas se juntaban alrededor del polvoriento camino de tierra para alentar y vivar a sus atletas. Era una verdadera fiesta en donde el corte de la cinta de llegada despertaba la máxima felicidad o la infinita desilusión, según quién fuera el ganador.


La gloria nos fue esquiva durante casi cuarenta años a los nacidos en Olascoaga. La decadencia del ferrocarril quizás fue arrastrando al pueblo a una muerte paulatina, donde poco a poco las familias se fueron marchando buscando mejores horizontes en poblaciones más grandes y con mejor porvenir. De los cinco mil habitantes de los años sesenta, ahora solo quedaban mil quinientos; muy pocos para sacar algún atleta que nos devolviera el honor que tanto necesitábamos.

Pero algo fantástico ocurrió en el verano de 1983. Ese sería nuestro último año de escuela secundaria y, quizás, la última oportunidad de poder ganar el maratón, ya que muchos de nosotros —los que compartíamos los sagrados momentos de la adolescencia— teníamos pensado seguir nuestros estudios en Buenos Aires o en La Plata. Eso significaba el principio de un seguro cambio de vida, donde lo importante pasaría por otro lado y no precisamente por la inexplicable espera de la llegada de todos los 25 de octubre, día en el que puntualmente a las once de la mañana, y durante casi cien años, se largaba el famoso maratón que todos queríamos ganar.

Ninguno de nosotros imaginó que ese enero de 1983 nos depararía tanta felicidad. Creo que nunca hizo tanto calor como esa tarde. La bendición más grande era poder disfrutar de la pileta del Club Defensores y sus fresnos salvadores, que le daban un marco apacible como si fueran postales de recreos caribeños.

Carla Manfredi era la mejor alumna y, además, la mejor cebadora de mate de toda Olascoaga. Si bien no era una mujer convencionalmente atractiva, su simpatía era suficiente para cautivar cualquier corazón adolescente. Quizás por eso no nos sorprendió verla llegar al club con dos muchachos; lo que sí nos sorprendió fue que los dos eran casi iguales.

Fue la primera vez que veíamos a dos gemelos en Olascoaga. Sus nombres eran Luis y Miguel Travani. Sus padres eran los nuevos encargados de la estancia El Chapalco y serían nuestros nuevos compañeros del último año del secundario. En un principio sentimos cierto resquemor por estos forasteros; es que todas las chicas se volvían locas por ellos y uno, en esos casos, siente esos estúpidos celos que lo llevan a desear mucho más lo que antes ni siquiera era tenido en cuenta.

Todo esto pasó rápidamente cuando jugamos el primer partido de fútbol del año. Como no sabíamos las calidades futboleras de los gemelos, comenzaron siendo suplentes. El partido estaba siendo muy disputado, como todos los que jugábamos contra El Fortín, el otro club del pueblo: mucha pierna dura y poco fútbol.

En el segundo tiempo, dos de nuestros jugadores pidieron el cambio. No quedaba otra que hicieran su debut los gemelos Travani. Bastaron solo cinco minutos para que nos diéramos cuenta de que estábamos en presencia de algo extraordinario. No era precisamente la habilidad futbolística de los hermanos lo que nos sorprendió, sino su velocidad y resistencia física. Corrían como gacelas y nunca se cansaban; lo hicieron hasta el final del partido y, cuando todos teníamos la lengua afuera, ellos estaban fresquitos y descansados.

Mientras estábamos en los vestuarios cambiándonos, me llamó la atención la actitud de Ernesto Ormaechea. Hasta ese momento era el más ferviente enemigo de los hermanos, pero ahora, sin mesura, no hacía más que alabarlos y abrazarlos; se lo veía totalmente eufórico. Durante algunos segundos, la mayoría de nosotros cruzamos miradas sin entender lo que pasaba. Ernesto era un líder natural, difícil de cambiar de pensamiento; como buen hijo de vasco, era obstinado y terco, aunque muy vivo y pícaro.

Al otro día, mientras mateábamos en la pileta del Defensores, Ernesto dio una lección de estrategia y planificación dignas de un agente de la CIA. Los cuarenta y cinco minutos de fútbol de los gemelos habían despertado en su mente un plan maestro que tendría como único objetivo recuperar para nuestro pueblo la gloria que durante muchos años nos había sido esquiva: obtener la tan preciada copa del Maratón del Honor.

Ernesto había estudiado absolutamente todo: desde los tiempos de entrenamiento y los lugares donde se harían, hasta quién sería el entrenador. Llevaba consigo una dieta alimenticia especialmente diseñada para maratonistas que le había mandado su tío desde España. Su plan era extenso y minucioso, pero para que tuviera éxito debía realizarse absolutamente en secreto.

Teníamos tiempo, casi nueve meses para el día de la competencia, pero para llegar con posibilidades de triunfo había que seguir el plan al pie de la letra. Quizás lo más difícil sería convencer a los gemelos de que hicieran el esfuerzo de entrenarse y dar todo de sí para algo que para el pueblo entero era primordial, pero que para ellos —recién llegados— sería simplemente una carrera de fondo.

Pero en el plan que había pergeñado Ernesto no se pasó por alto el adoctrinamiento. Debíamos hacer que los gemelos sintieran lo que sentíamos todos, hacer que sus mentes solo pensaran en esos objetivos y prepararlos para dar la vida, si fuese necesario, por el mismo. Obviamente, ya no nos importaba que Luis y Miguel fueran los dueños de las miradas de todas las chicas de Olascoaga, ni que se pusieran de novios con alguna que otra hermana; ellos serían en quienes depositaríamos la última esperanza de triunfo.


Marcos Manfredi, el papá de Carla, había sido la última gloria del pueblo con su sexto puesto en 1966. Era el indicado para asumir el rol de entrenador, según la estrategia de Ernesto. En sus tiempos de juventud había sido un gran atleta; entrenaba en el club River Plate y se destacó principalmente en los cien metros llanos, llegando a tener la tercera marca del país. En una vieja revista El Gráfico, que Carla guardaba como el más grande de los tesoros, se hacía alusión a "Marcos Manfredi, la esperanza del Deporte Argentino", con una página completa y su foto de cuerpo entero junto a la pista de atletismo de River.

Desgraciadamente, la vida le jugó una mala pasada: una grave lesión en los ligamentos cruzados cortó abruptamente sus sueños. Todos en el pueblo saben que la vida de Marcos ya no fue la misma desde aquel fatídico día en que le dijeron que ya no podría hacer deporte de alta competición. Entró en una gran depresión y se convirtió en una persona totalmente ermitaña que solo con el paso de los años logró volver a sociabilizar. Aquel joven entusiasta que se llevaba el mundo por delante se había transformado en un simple mortal resignado a sobrevivir, relegando para siempre sus sueños de gloria y reconocimiento.

Por lo tanto, no sería tarea sencilla convencerlo. Carla tenía mucha afinidad con su padre y, después de insistir e insistir, pudo lograr lo que nadie hasta ese momento: lo convenció. Marcos Manfredi volvía al atletismo, ahora como entrenador, con un único objetivo: preparar a los gemelos para ganar el Maratón del Honor.

El plan de Ernesto iba tomando forma; él sabía perfectamente que para lograr el máximo objetivo era primordial contar con Manfredi. La primera semana de marzo comenzó el entrenamiento. Don Marcos había dispuesto que el lugar indicado para realizar la preparación debía ser la estación del ferrocarril. Por supuesto que hacia allí marchamos cinco de nosotros junto a los gemelos. Al llegar, encontramos al flamante entrenador montado en una bicicleta de carrera; llevaba un silbato colgando del cuello y observaba fijamente su reloj, un Citizen digital con cronómetro y perillas negras.

Cuando llegamos junto a él, nos miró fijamente y, con cara de pocos amigos, nos dijo: —Llegaron tarde. Hace cinco minutos que debían estar aquí. Los que van a entrenar, quiero que den diez vueltas alrededor de la plaza; al resto no los quiero ver ni en el horizonte.

Con mucha bronca salimos corriendo para el lado del embarcadero que, gracias a su altura y por estar detrás de la estación, era un lugar privilegiado para observar todo sin que Manfredi nos viera.

El entrenamiento se hacía cada vez más riguroso, aunque no entendíamos muy bien sus métodos, ya que los pobres gemelos se la pasaban empujando una vieja zorra de vía, ida y vuelta, como unas veinte veces en tramos de trescientos metros. Lógicamente, terminaban muertos y malhumorados.

Después de quince días ocurrió algo que no estaba en los planes de Ernesto, aunque la mayoría de nosotros lo veíamos venir: los gemelos se plantaron y se negaron rotundamente a seguir. Adujeron que estaban agotados y que a ellos les gustaba correr, pero no empujar una zorra por la vía como si fueran empleados ferroviarios mientras un tipo totalmente demente los maltrataba física y psicológicamente.

No sirvió de nada el monólogo de Ernesto dando explicaciones del gran evento, de su historia y de la importancia de realizar cualquier sacrificio en nombre del honor del pueblo. A mí, cuando lo escuchaba, se me ponía la piel de gallina y me daban ganas de salir a correr ya mismo, pero los gemelos no llevaban en sus venas ese sentimiento que teníamos todos los nacidos en Olascoaga.

El plan sería un fracaso si no hacíamos algo urgente. Fue entonces que Ernesto propuso ir a hablar con Don Marcos, algo que en otras circunstancias nos habría parecido totalmente disparatado dado el difícil carácter del entrenador, pero al no haber muchas alternativas no nos quedaba otra opción.

La reunión la realizamos en el bar del Club Defensores a las 20:00 del sábado 20 de marzo. Antes de que Ernesto pudiera explicar el motivo, Don Marcos se despachó con un discurso sobre el rol del entrenador y la obediencia. Explicaba que el éxito de cualquier empresa donde participan más de dos se funda principalmente en la confianza mutua y en el respeto que el que dirige se merece. Para Don Marcos, la disciplina era la ley fundamental y los que no se ajustaban a ella no merecían ser sus dirigidos.

Su convicción era tan firme que Ernesto se quedó sin habla. Se lo veía resignado y sin facilidad de palabra. Se hizo un silencio sepulcral mientras el mozo esparcía pacientemente las gaseosas sobre la mesa, hasta que Ernesto recuperó su semblante y dijo algo inesperado pero genial: —Don Marcos, siga con su entrenamiento, pero... ¿qué tal si cambiamos la zorra por un carro repartidor de soda? Así pueden correr por el camino del maratón. De esa manera los muchachos sentirán que comienzan a correr la competencia y, de paso, se irán habituando al circuito.

Don Marcos dudó unos instantes, se rascó la cabeza, esbozó una leve sonrisa y, con voz suave pero firme, dijo: —No está mal la idea. ¿Pero de dónde sacamos un carro repartidor de soda? —Eso está resuelto, Don Marcos —respondió Ernesto—. Usaremos uno que ya no utiliza mi viejo para los repartos. Hay que engrasarlo un poco, pero va a estar en condiciones.

Ahora solo quedaba explicarles a los gemelos que debían volver a los entrenamientos, pero que esta vez sería mucho más divertido. Al día siguiente hicimos la presentación de la nueva maquinaria. Para hacerlo más atractivo, logramos convencer a María y a Claudia, las chicas más lindas del pueblo, para que se subieran al carruaje. Fue así que los futuros campeones salieron a probar el extraño carro por el camino de tierra que bordea las vías.

Decididamente, fue una gran idea. Los muchachos se motivaron de tal manera que corrieron como tres kilómetros con las chicas arriba del carro sin inmutarse. Muchos de nosotros los seguíamos de cerca en bicicleta, alentándolos y, en cierta forma, festejando por algo que seguramente debería llegar: la copa del honor volvería a Olascoaga.

Con el correr de los meses, los gemelos habían adquirido un estado físico espectacular. Don Marcos sostenía que estaban cerca de llegar al tiempo récord para correr el maratón; el número ideal era 80 minutos para los 20 km, y nuestros atletas ya habían logrado la extraordinaria marca de 82 minutos. Faltaban dos meses para el evento y él estaba seguro de que iban a superar esa marca.

Por primera vez, los dos clubes de Olascoaga se habían unido. Se conformó una comisión de festejos; el triunfo por venir merecía una fiesta muy especial y no se quería dejar ningún detalle librado al azar. Los gemelos eran los jóvenes más populares de Olascoaga y su fama había trascendido los límites del pueblo. Sin embargo, tanto Luis como Miguel nunca se agrandaban: entrenaban con todas sus fuerzas y seguían atentamente los consejos de Don Marcos.


Por fin llegó octubre. Nuestros sueños estaban a la vuelta de la esquina. Los gemelos lograron el mejor tiempo que nadie jamás pudo lograr: ¡78 minutos para 20 km era toda una marca!

La mañana del 20 de octubre, Don Marcos y Vicente Fernández, delegado municipal de Olascoaga, marcharon rumbo a Bragado a realizar las inscripciones correspondientes. Por la tarde, el Sr. Fernández apareció por el Club Defensores y encaró directamente para donde estábamos nosotros. Ernesto se avivó enseguida de que algo no estaba bien y lo atajó antes de que llegara a la mesa.

—¿Qué pasó, Fernández? ¿Hubo algún problema con la inscripción de los Travani? —preguntó Ernesto. —No, pero lamento decirles que hay un inscripto que no estaba en los planes de nadie. —No lo entiendo, ¿a qué se refiere? —insistió Ernesto. —Muchachos, lamento profundamente comunicarles que se inscribió para el Maratón del Honor Carlos Silva, campeón argentino y sudamericano de fondo.

No podíamos creer que esto estuviera pasando. Tanto tiempo de entrenamiento, de preparativos, de esperanzas... para nada. Era sencillamente imposible ganarle a Silva. Todos los corredores eran aficionados y él un afamado profesional. ¿Cómo superar su increíble marca sudamericana de 60 minutos para los 20 km? Era prácticamente imposible.

Don Marcos nos esperaba a la salida. Se lo veía tranquilo y sereno. Con sus medidas palabras, nos dijo: —Lo que está mal es el reglamento, no deberían dejar participar a profesionales. Pero a no hacerse problema; vamos a llegar hasta el final. En este caso sería una gran satisfacción lograr el segundo y tercer puesto. Estoy seguro de que con Luisito y Miguel lo vamos a lograr.

El fastidio nos invadía. Nuestra última oportunidad se esfumaba estando tan cerca; era una injusticia que costaría mucho digerir. Ernesto había quedado totalmente desanimado; ya no iba a los entrenamientos y, en los recreos del colegio, se apartaba de nosotros. Se sentaba debajo del gran gomero del patio central y fijaba su mirada en algún punto distante que nadie podía divisar.

Su comportamiento había cambiado tanto que hasta se lo veía charlando amigablemente con Juan Charadía, el hijo del único médico del pueblo; un petiso agrandado que la mayoría de nosotros no soportábamos y al cual Ernesto nunca en su vida le había dado bolilla.

Faltando un día para el gran evento, ocurrió lo peor. Todo se transformaba en una pesadilla donde nuestras ilusiones eran las presas de un gran monstruo llamado MALA SUERTE.

Carla entró corriendo al salón envuelta en un mar de lágrimas y gritando tanto que casi no le entendíamos qué decía. Después de unos minutos se tranquilizó y, con voz ronca y entrecortada, nos dijo que Luis se había fracturado la tibia y el peroné. —Parece ser que cuando venía para el colegio metió el pie en un pocito y chau.

Todos pensamos que era una broma de mal gusto de Carla en combinación con otras chicas para darnos el máximo susto de nuestras vidas, pero desgraciadamente a los pocos minutos lo vimos llegar: el gemelo Luis, con una bota de yeso hasta la rodilla y una muleta, cual si fuera un lisiado, con cara de dolor y desilusión.

Ernesto seguía inmutable en su banco, repasando una lección de Historia. Se hacía el desentendido, como si nada le interesara ya. Todos pensamos que el tipo estaría deprimido o con algún ataque de pánico. Que no se alterara por los sucesos ocurridos nos preocupaba, pero que se la pasara leyendo el libro de historia nos preocupaba aún más.

Cuando se percató de que todos lo observábamos, sin levantar la vista del libro, nos dijo: —¡Todavía nos queda uno!


Con todos los inconvenientes, pero con cierta esperanza, llegó el gran día. Desde las ocho de la mañana, Don Marcos y Miguel Travani precalentaban frente a la plaza. A esa hora ya se habían juntado más de mil personas que querían observar la largada desde el mejor lugar posible.

Poco a poco fueron llegando los competidores de los pueblos vecinos. Ese año se había llegado a la máxima cantidad de inscriptos; trescientos atletas no era poca cosa. Cada vez que llegaba un auto, todos estirábamos el cuello para ver si era Carlos Silva; interiormente conservábamos la esperanza de que no viniera.

Faltando media hora para la señal de largada, una hermosa cupé Chevy roja dio una vuelta alrededor de la plaza buscando llamar la atención. Pegó un par de aceleradas, se detuvo y, antes de que la gente se acercara, descendió de la misma el propio Carlos Silva. El campeón sudamericano estaba en nuestro pueblo para correr y ganar.

A las once en punto, el intendente de la municipalidad de Bragado realizó el disparo de fogueo, dando por iniciada la competencia. En las primeras cuadras se había generado tal polvareda que no sabíamos quién iba adelante y quién atrás. Decidimos adelantarnos para poder ver la llegada de los corredores a la estancia "La Lechuza", distante a unos 5 km del lugar de partida. Subimos todos a un camión que manejaba mi viejo y fuimos a toda velocidad por un camino vecinal paralelo a la traza de la carrera; llegamos un tiempo antes de que pasaran los maratonistas.

Desde el techo de la casa del casero se podía observar perfectamente hasta un kilómetro en dirección hacia Olascoaga; era un lugar excelente para saber quiénes se perfilarían para la definición en el tramo más difícil.

A los pocos minutos, una gran nube de polvo presagiaba la llegada de los competidores. Al enfocar la mira telescópica —que días atrás le había sacado a la carabina de mi abuelo— me encargué de ir relatando en qué orden llegaban los atletas. Al mirar, no podía creer lo que estaba viendo. Decidí limpiar la lente y volver a enfocar. Pero la imagen era la misma: al frente de un pelotón de cinco participantes venía Miguel a paso firme, concentrado y llevándole unos veinte metros a Silva. Jorge Choque (de Trenque Lauquen), Mario Salgado (de Santa Rosa) y el "Chueco" García (de Bragado, último ganador) venían más atrás.

Al pasar frente a la estancia todos gritamos alentándolo. Miguel ni se inmutaba; mantenía su paso firme y cada tanto relojeaba el Citizen que Don Marcos le había prestado.

—¿Dónde está Ernesto? —gritó Carla. Entonces nos percatamos que Ernesto no había subido al camión y que, por lo tanto, no estaba al tanto de lo que sucedía. Carla se serenó y concluyó: —Ernesto últimamente estaba muy pesimista y no creía que los gemelos fueran a ganar, entonces el tipo tiró la toalla, aflojó y chau.

A mí y al resto de los compañeros nos parecía muy extraño, ya que él había motivado en nosotros esta pasión por obtener algo que jamás hubiésemos imaginado posible. Carla cortó la charla secamente y propuso ir hasta la entrada del bosque de eucaliptos, distante a unos 4 km de la meta. Ese sería el último puesto de observación.

Al llegar al bosque nos acomodamos a la sombra, entre los árboles, a esperar nerviosamente el paso de Miguel y sus perseguidores. Carla me codeó y con voz serena me preguntó: —¿Esa no es la bici de Ernesto?

Si hay algo que se puede identificar perfectamente en toda Olascoaga es la bici de Ernesto: es enorme, estilo inglés, verde con llantas cromadas, llena de flecos plásticos, manoplas blancas y verdes, y una gran antena telescópica que sale del portaequipaje con un banderín verde y blanco, los colores del Club Defensores. —Sin dudas es la bici de Ernesto —repliqué. —¿Qué hace aquí? Y si está aquí, ¿dónde está él?

Al rato nuestras dudas se aclararon. Desde lo profundo del bosque vimos llegar al mismísimo Ernesto, muy tranquilo, junto al insoportable Charadía. El desgraciado llevaba una amplia sonrisa y se lo veía desentendido de la importancia del evento que estábamos viviendo. Ninguno de nosotros lograba entender por qué nuestro líder, quien para muchos sería un triunfador nato, había cambiado tanto en tan poco tiempo.

Lo cierto es que el tiempo era escaso para tratar de entender cualquier cosa, ya que casi como rayos se veía venir a los tres competidores que, separados ya del pelotón principal, se consolidaban como los posibles ganadores.

En primer lugar vimos pasar a Silva, que venía acelerando constantemente y no denotaba cansancio alguno. Detrás, el Chueco García, que a unos cincuenta metros no quería darse por vencido, aunque su rostro ya mostraba la fatiga de llevar el ritmo del líder. Unos cien metros más atrás venía Miguel, meta mirar el reloj; se lo veía cansado pero concentrado.

Al entrar al bosque, todos comenzamos a alentarlo. Pasó frente a nosotros y ni se dio cuenta de que estábamos allí; su mirada estaba concentrada en algún punto fijo. Cincuenta metros más adelante se perdió por un momento entre la espesa vegetación, pero retornó a la senda normalmente.

Preocupados y en silencio nos subimos al camión nuevamente para ir directamente a la meta. Yo invité a subir a Ernesto, pero él adujo que estaba con la bici y que prefería ir detrás de los corredores.

Al llegar a la ciudad de Bragado, todo era una locura. Miles de personas rodeaban la calle principal por donde llegarían los competidores. Esa calle, como en muchos pueblos del interior, se llama San Martín y termina justo en la plaza donde se encuentran la municipalidad y la iglesia, lugar donde tensa e inquieta espera la cinta junto a un gran pasacalle indicador de la llegada.

En las columnas de alumbrado público, grandes altavoces emitían la "Marcha del Deporte" y la voz de un locutor algo ronco iba anticipando quién podría llegar a ser el ganador. Nos ubicamos justo a la entrada de la plaza; desde ese sitio solo podíamos ver lo que sucedía en la cuadra anterior. El locutor de la radio, por su ubicación, tenía un mejor panorama y su relato nos informaría el orden de llegada.

Los nervios se iban incrementando minuto a minuto. Carla alertó que ya tendrían que estar por llegar. Inmediatamente el locutor comenzó a arengar a la población para que alentaran al Chueco García. La gente gritaba frenéticamente; ya no se podía escuchar el sonido del altavoz, pero desde nuestra posición aún no veíamos nada.

Súbitamente se generó un extraño silencio. El locutor tomó la palabra y, cual relator de fútbol, comenzó a describir lo que sucedía: —Los atletas están entrando a nuestra ciudad. Son solo tres los valientes jóvenes que llegan en el pelotón de vanguardia. Damas y caballeros, alentemos a estos tres valientes que van a batir el récord histórico de este centenario maratón. En primer lugar, el campeón sudamericano Carlos Silva; seguido muy de cerca por el último ganador, nuestro querido Chueco García; y detrás de ellos la sorpresa de Olascoaga, Miguel Travani.

Nos preparamos para ver los últimos quinientos metros de competencia. En ese momento los altavoces se quedaron mudos, la gente ya no gritaba y nosotros, desde nuestro lugar, no alcanzábamos a ver nada. Solo algunos murmullos y el nerviosismo se dejaban sentir. Hasta que alguien gritó: —¡Ahí vienen!

Al enfocar nuestras miradas en dirección a la esquina, observamos llegar a un flaco desgarbado corriendo a un ritmo increíble, con los ojos bien abiertos, con paso largo y sostenido. Miguel había tomado la punta para nunca más dejarla y ganar de esa manera el maratón más importante de nuestras vidas.

Al cruzar la línea de llegada, Miguel fue directo hacia donde estaba su hermano Luis, quien apoyado sobre su muleta revoleaba por el aire la bandera de nuestro pueblo. Se abrazaron durante largo rato mientras nosotros pugnábamos por llegar al lugar. Los festejos fueron infinitos; mientras veíamos cómo le entregaban el preciado trofeo y la medalla de campeón, todos llorábamos de felicidad y emoción. La gente no dejaba de aplaudir al nuevo campeón.

Yo trataba de encontrar a Ernesto. Sabía que en algún lugar estaba y no dudaba de la alegría que tendría quien había sido el mentor de tamaña epopeya. Por fin lo encontré frente a la iglesia. Estaba ahí, arrodillado en las escalinatas de piedra, rezando con una concentración que daba miedo. No me importó nada. Me le tiré encima y lo abracé como si me fuera la vida en ello. —¡Es todo gracias a vos, carajo! —le grité al oído, con la voz rota—. ¡Todo Olascoaga está festejando y la culpa es tuya, Ernesto! ¡Es tuya!

Ernesto me miró. Tenía los ojos vidriosos, perdidos. Intentó decir algo, pero la garganta se le cerró. Al final, solo se dejó caer en mi hombro y estalló en un llanto incontenible, un llanto viejo, como si estuviera soltando el aire que había guardado durante meses.

El regreso a Olascoaga fue glorioso. Se conformó una gran caravana comandada por la autobomba de los bomberos voluntarios en donde iban saludando Miguel, Luis y Don Marcos; atrás nosotros, con el camión lleno de gente, y luego un montón de autos que no paraban de hacer sonar sus bocinas. La fiesta duró hasta el amanecer y, durante el resto de los meses hasta diciembre, nadie en nuestro pueblo habló de otra cosa que no fuera la increíble hazaña del gemelo Travani, ganador del Maratón del Honor y héroe para toda la vida de nuestra querida Olascoaga.


Con el tiempo la mayoría de nosotros emigramos: algunos se recibieron de abogados, otros de ingenieros, otros fueron simples empleados y otros fueron a probar suerte fuera del país.

Para la celebración de los veinte años de aquel maravilloso logro, fui invitado por el presidente del Club Defensores de Olascoaga, el gran Ernesto Ormaechea, a participar de los festejos del triunfo de Olascoaga en el Maratón del Honor.

El 25 de octubre de 2003, la sede del Club Defensores olía a lo de siempre: a humedad, a cera vieja y a los guisos de la cantina. Allí estábamos todos, los sobrevivientes de la clase del 83. El tiempo no había tenido piedad: las canas, las entradas pronunciadas y algún que otro cinturón pidiendo auxilio denunciaban que aquellos adolescentes ya eran historia antigua.

Pero lo que más me impactó fue Ernesto. Aquel pibe que se llevaba el mundo por delante, el estratega, el líder, ahora parecía una sombra. Estaba encorvado, con la mirada perdida en el mantel, como si cargara una bolsa de cemento sobre los hombros. Esperábamos a los gemelos Travani, de quienes sabíamos poco y nada, salvo que vivían en California y les iba bien.

Pero la noche arrancó rara. Ernesto se levantó, golpeó la copa con el cuchillo pidiendo silencio y, en lugar de un brindis festivo, tomó el micrófono y se largó a hablar con una voz que le temblaba. —Muchachos... gracias por venir —arrancó, mirando al vacío—. Me alegra verlos, en serio. Pero la verdad es que los junté acá porque no aguanto más. Tengo una piedra en el zapato desde hace veinte años y me está matando.

Carla y yo nos miramos. No volaba una mosca. —Ustedes se acuerdan de lo que nos costó llegar a ese maratón. Silva, el campeón sudamericano que se inscribió a última hora. Y se acuerdan de Luis apareciendo con la pierna enyesada. Bueno... ahí empieza la mentira.

Ernesto tomó aire, como si fuera a sumergirse bajo el agua. —Cuando vi que no teníamos chance, los convencí de hacer trampa. Una trampa sucia. Miguel corrió la primera mitad. En el bosque de eucaliptos, donde nadie veía nada, hicimos el cambiazo. Luis, que estaba fresco, se sacó el yeso falso que le había armado Charadía y siguió corriendo hasta la meta. Ganamos, sí. Pero ganamos mintiendo.

El silencio en el salón era tan pesado que se podía cortar. Carla rompió la quietud, incrédula: —Pero Ernesto, no puede ser... Yo lo vi a Luis con el yeso en la llegada. —Puro teatro, Carla. Charadía le volvió a poner el yeso ni bien cruzó la línea. Fue todo una puesta en escena. Y yo soy el responsable. Les robé el honor a todos ustedes.

Ernesto bajó la cabeza, derrotado. Esperaba insultos, gritos, reproches. Pero lo que escuchó fue una voz que venía del fondo del salón, una voz que no habíamos oído en dos décadas. —¡Pero mirá que sos nabo, eh!

Todos giramos. En la puerta estaban ellos. Luis y Miguel. Más viejos, con trajes caros, pero con la misma cara de siempre. Avanzaron entre las mesas sonriendo, mientras nosotros seguíamos paralizados. Uno de ellos —creo que era Luis— le arrebató el micrófono a Ernesto, que los miraba como quien ve fantasmas.

—Hola a todos. Perdonen la demora, pero venimos de lejos —dijo, y le puso una mano en el hombro a nuestro amigo—. Ernesto, hermano... escuchamos tu confesión desde la entrada. Y la verdad, nos da un poco de lástima que hayas sufrido veinte años al pedo. —¿De qué hablás? —balbuceó Ernesto. —Hablo de que esa tarde en el bosque no hubo ningún cambio —intervino Miguel, riéndose—. Cuando llegué a los eucaliptos y lo vi a Luis escondido, me sentí tan bien, con tanta polenta, que le grité: «¡Ni se te ocurra salir!». Y seguí de largo.

Un murmullo de asombro recorrió las mesas. —¿Cómo? —Ernesto estaba pálido. —Lo que escuchaste. Corrí los veinte kilómetros yo solo. Le gané a Silva en buena ley. Luis solo se sacó el yeso para esperarme y después se lo volvió a poner para que vos y el salame de Charadía no se infartaran. Nunca hicimos trampa, Ernesto. La medalla es legal.

Ernesto se desplomó en la silla, con los ojos llenos de lágrimas, mezcla de alivio y bronca. —¿Y por qué carajo no me lo dijeron antes? —sollozó—. ¡Veinte años creyéndome una basura! —¡Porque te escribimos mil veces, cabezón! —dijo Luis, sacando un sobre del bolsillo—. Te mandamos cartas explicando todo apenas llegamos a Estados Unidos. Pero nunca respondiste. Hace poco nos enteramos, gracias a Carla, de que todas las cartas iban a la casilla 10021... que resulta ser la del turro de Charadía. Se ve que el correo de acá sigue siendo tan desastre como siempre.

La risa general aflojó la tensión. Miguel metió la mano en el bolsillo de su saco y sacó algo que brilló con la luz de los tubos fluorescentes: la medalla de oro del Maratón del Honor. Se acercó a Ernesto, que seguía sorbiendo los mocos como un chico, y se la colgó al cuello. —Esto es tuyo, técnico. Por el plan, por el entrenamiento y por el carro de soda —le susurró al oído, y después agregó con una mueca—: Aunque te aclaro que odio profundamente empujar ese carro de mierda.

Ernesto acarició la medalla. Levantó la vista, los miró a los dos y, con esa sonrisa que creíamos perdida para siempre, sentenció: —Ustedes son unos hijos de mil putas.

Y ahí sí, el Club Defensores se vino abajo en un aplauso que, estoy seguro, se escuchó hasta en Bragado.

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