miércoles, 19 de octubre de 2022

LA CHAMPION UNA MAQUINA QUE ILUSIONA

nota: este cuento esta especialmente dedicado a mi amigo Jorge Obes, en homenaje a sus sentimientos futboleros y su gran capacidad para sobreponerse a las dificultades que le presenta la vida. Su ejemplo me llena de emoción y en este cuento se intenta transmitir la emoción de los campeones 



LA CHAMPION UNA MAQUINA QUE ILUSIONA


La fábrica de mozzarella era el lugar de encuentro de decenas de carros lecheros que muy temprano por la mañana solían formar largas filas para dejar los tarros gigantes con manijas a ambos lados de la tapa como si fueran grandes orejas de ratón.

La fábrica ocupaba una parte de una parcela de casi una hectárea, no era muy grande pero lo suficiente para dar trabajo a unos cuantos empleados que desde la madrugada y hasta la tardecita elaboraban un rica mozzarella y una inigualable ricota calabresa

En una de las esquinas de la parcela se encontraba la canchita de futbol, no era ni más ni menos que un potrero, toda una pintura de la imperfección. Demás está decir que su topografía era abundante en pozos, desniveles y matas de pasto duro. Los arcos eran de troncos de cafeto, una especie de árbol exótico que había crecido a un costado de la fábrica, si bien el tronco era lo suficientemente largo, su forma algo irregular no cumplía con los requisitos para ser considerado un arco normal, aunque el travesaño casi perfecto compensaba su deficiencia original

La canchita no tenía nombre, pero todos la llamábamos estadio las moras quizás por las cuatro plantas de moras que de alguna manera marcaban el límite del terreno y que en las tardes de verano servían de refresco placentero ante los calores impiadosos de enero o febrero

Los partidos en la canchita de las Moras habían potenciado nuestras habilidades en el dominio del balón, éramos verdaderos domadores de un objeto de movimientos impredecibles que solía enloquecerse cuando se arrastraba entre tantas imperfecciones geográficas. Recuerdo que Vazqueta, nuestro arquero, aseguraba que cuando le tiraban un pase a rastrón debía calcular un metro a la izquierda y un metro a la derecha de la aparente dirección de la pelota para tener éxito y poder rechazarla

Los días en el estadio las moras eran interminables, partidos de muchos goles, jugadas exquisitas, cargadas, taquitos y gambetas, y un montón de sueños que solo el titilar de la luz de mercurio, que colgaba de un alambre cruzando la calle, indicando que ya era de noche podía posponer hasta el próximo día

Una tarde a la salida de la escuela escuche una discusión entre el totito Fernández y el pili Rodríguez, el tema es cuestión era el estado del terreno de juego del estadio la moras. Después de la última lluvia y la invasión de los chanchos del tano Martelli, el muy turro los había largado para que vayan a comer las moras caídas después de la tormenta, esto hizo que nuestro potrero futbolero ahora se pareciera más a un chiquero que a otra cosa

Era necesario hacer algo urgente, ya no podíamos jugar en ese lugar, sabíamos que la única forma de resolver este grave problema era hablar con Don Walter (don Walter era mi viejo dueño del único almacén del barrio)

-          Hay que hablar con don Walter, propuso Totito

-          ¿Para qué queres hablar con mi viejo? Le dije

-          Tu viejo conoce al Intendente, quizás le pueda pedir que pasen la champion por la canchita

La champion era una extraña maquina motoniveladora que se usaba para arreglar las calles de tierra, tenía  enormes ruedas, parecidas a las del tractor, con dibujos profundos, en la mitad de su longitud disponía de una cuchilla transversal que al apoyarse sobre la tierra la raspaba hasta alcanzar un nivel parejo, para nosotros casi perfecto, su color amarillo la hacía inconfundible, en su frente tenía una especie de placa de bronce en donde decía con letras de imprenta mayúsculas la palabra CHAMPION con un escudo rojo y blanco a su lado, años después me entere que esa era la marca de la máquina.

Papa tenía una gran virtud, no aceptaba la palabra NO como respuesta, ni cuando le pedían favores ni cuando él los pedía

No paso mucho tiempo hasta que una mañana la imponente maquina entro a trabajar en la topografía degradada del estadio las moras, por el caño de escape vertical se la veía toser un espeso humo gris parecía agitar su respiración  mientras su rugido mecánico acompañaba una asombrosa transformación de un terreno que de escabroso paso a ser casi perfecto en tan solo unas horas

A eso de las seis de la tarde nos encontramos todos caminando en círculos tratando de entender cómo se sentía transitar por una superficie casi lisa, sentíamos que tocábamos el cielo con las manos, ahora solo quedaba marcar la cancha con las líneas de cal y cambiar esos espantosos arcos de cafeto que ya no tenían nada que ver con la potencialidad de nuestro nuevo estadio.

Una semana después, nos encontramos con la grata noticia que ya teníamos arcos nuevos, el papá del garrafa García,  empleado de SEGBA, había conseguido cuatro palmeras impecables que nos servirían para conformar los arcos y así dar por terminada la renovación del campo de juego.

La primavera trajo lo que esperábamos, el pasto, había salido parejito y muy verde, ahora teníamos el mejor lugar para jugar al futbol, el estadio las moras ahora si se podía utilizar para competencias de mayor jerarquía.

Fue el propio Don Walter que un día nos vino con la novedad que había organizado un torneo, a disputarse en nuestro estadio con los mejores equipos de la ciudad, se pondría en juego la Copa Amistad que había donado gentilmente el dueño de la fábrica de mozzarela.

Teníamos un par de detalles que resolver, en primer lugar el nombre de nuestro equipo y en segundo lugar, y por supuesto no menor, con que camiseta jugaríamos

Comprar camisetas en aquellos años era una tarea realmente difícil, los recursos eran escasos pero el corazón del barrio era gigante, decidimos hacer una rifa y salimos todos a venderla, en pocos días habíamos vendido todos los números y ya contábamos con el dinero suficiente para lograr nuestro primer objetivo

Doña Rebeca solía ir a comprar telas al once, ella tenía una mercería y también una especie de sastrería donde confeccionaba distintos tipos de ropa, le pedimos si nos podría conseguir las camisetas, entendíamos que seguramente íbamos a conseguir el mejor precio.

Debo reconocer que nunca le dijimos de qué color debían ser las camisetas, quizás eso no nos importaba tanto, con solo tener camisetas era suficiente y si venían con números mejor.

Recuerdo que fue un sábado a la mañana cuando pasamos por la mercería de Rebeca para ver si había novedades de nuestras camisetas, sé que era sábado porque no había escuela y porque los sábados siempre jugábamos algún desafío con equipos de otros barrios y ese día jugábamos contra un equipo realmente difícil como lo era el rayo de parque la Argentina

Rebeca nos hizo pasar al fondo de su local, en ese lugar había un pequeño cuarto que lo utilizaba de depósito, señalo con su dedo índice una caja de importantes dimensiones y nos dijo:

-          Conseguí una liquidación de oportunidad y me pareció que les iba a gustar, les traje 15 camisetas todas con sus números, 15 pantaloncitos y 15 pares de media, los colores eran los únicos que habría así que no se podía elegir otra cosa

Totito, que estaba a mi lado, quedo enmudecido, sus ojos se abrieron como los de una lechuza, no pronunciaba palabra y tampoco se movía.

Mi impaciencia fue mayor, fui directamente a mirar de qué colores eran las camisetas, romper el papel madera que envolvía la pila de camisetas no fue muy difícil, mi corazón se aceleró y la alegría se adueñó del silencio al que nos había sometido Totito, cuando vi la primer camiseta con el número diez en la espalda y unas franjas verticales rojas y blancas como la que usaba el Estudiantes de la Plata campeón de américa de 1970, sentí que ahora si teníamos un verdadero equipo de futbol, los pantalones eran negros y las medias negras con vivos rojos

Ese mismo sábado salimos a jugar el partido contra el rayo con nuestra nueva ropa, no sé si fue nuestro intimidante nuevo uniforme o la calidad de nuestros jugadores pero ese día goleamos a nuestros rivales

 Solo quedaba por resolver el nombre de nuestro equipo de esa manera estaríamos listos para la disputa del gran torneo que serviría para inaugurar oficialmente el estadio las moras

Gustavito Amantini había propuesto que hagamos una lista de posibles nombres y que luego votemos entre todos cual debía ser el elegido, después de muchas discusiones acordamos que el nombre tenía que salir con el acuerdo unánime, el hermano del pato Bevilaqua nos regaló su inspiración, mientras miraba los colores de nuestra camiseta tiro una frase determinante que serviría como principio fundador de nuestro equipo:

-          Che, los colores de esta camiseta son iguales a los del escudo de la Champion

Desde ese momento nuestro equipo se llamó CHAMPION, toda una premonición si consideramos que es palabra en ingles significa CAMPEON

El día del torneo por fin llego, eran 8 equipos y se acordó un sistema de simple eliminación, el que gana seguía jugando hasta llegar a la final.

El primer partido nos tocó con el trébol, recuerdo que ganamos 2 a 0 , pasamos a la semifinal contra el rayo al que ya le habíamos ganado un par de sábados atrás, esta vez fue más difícil pero ganamos 1 a 0 con un golazo del garrafa Garcia casi sobre la hora. Habíamos llegado a la final, pero el rival era el mejor equipo de la ciudad, ganarles era casi imposible, eran como una selección con los mejores jugadores, dirigidos por Don Fermín una especie de prócer del futbol infantil de aquellas épocas, el gran equipo de Acerito tenía un invito de más de 4 años

Y salimos a jugar la final dispuesto a dejar la vida por los colores que nos identificaban, alrededor de la cancha estaba una multitud o lo que nosotros suponíamos que era una gran cantidad de vecinos curiosos quienes simpatizaban con la causa del más débil, es decir, por nosotros. A un costado de la cancha, debajo de uno de los árboles de mora, habían puesto una pequeña mesita con un mantel de hule floreado arriba del cual estaba la gran copa en disputa

No recuerdo en detalle las alternativas del partido pero si sé que terminamos cero a cero y había que definir con penales. Y así fue como algo extraordinario ocurrió sin que nadie jamás lo pudiera explicar, aunque seguramente la explicación debería tener que ver con nuestra necesidad de hacer milagroso aquello que parecía imposible de conseguir

Esa tarde nuestros arcos de palos de palmera, habían tomado vida y cada vez que pateaba uno de los nuestros se agrandaban para los costados o para arriba según a donde iba la pelota como ampliando la superficie imaginaria de un rectángulo móvil que facilitaba el acceso al gol de los vestidos de rojo y blanco

Llego el ultimo penal, si ellos erraban o atajaba nuestro arquero seriamos los campeones. Vazqueta no era un especialista en este tipo de definiciones, pero como buen fana de Boca Juniors tenía como ídolo a Antonio Roma, el sostenía que Roma aplicaba una especie de magia negra cuando debía atajar un penal. El rito consistía en tirar arriba de la pelota un poquito de tierra del suelo que estaba detrás del arco en el que se patearía el penal. Así que se sacó los guantes y rasco con todas sus fuerzas hasta sacar un puñado de tierra negra, lo sostuvo disimuladamente con su mano derecha luego se agacho justo frente de la pelota y mientras hacía como que se ataba los cordones volcó el maléfico hechizo sobre el cuero blanco de la numero cinco.

El goleador de Acerito tomo una larga carrera e impacto el balón con el empeine de su pie derecho, al golpear el pie con la pelota se esparció por el aire una pequeña polvareda, como si fue un residuo de pólvora de una cañita voladora y fue justamente así el rumbo que tomo aquella pelota, busco el cielo y no la profundidad del rectángulo. Cuando Vazqueta vio sobrevolar a más de 5 metros de su cabeza aquel diabólico balón, salió corriendo hacia el centro de la cancha para festejar la obtención de nuestro primer y único título infantil

Eramos los campeones y ahora paseábamos por la calles de nuestro pueblo en la caja del Fiat Multicarga de mi viejo, sobre el techo de la cabina llevábamos el reluciente trofeo y mientras revoleábamos nuestras camisetas rojas y blancas al canto de Dale Campeón Dale Campeón, se puso a la par de nosotros una vieja camioneta Estanciera, a dentro estaba Don Fermín, le hizo un seña a mi viejo como para decirle algo, todos nos callamos por unos segundos, nos miró con una mirada serena y deslumbrada, hizo un circulo en el aire con su dedo índice y nos dijo : LA PUCHA ESTA CHAMPION SI QUE ES UNA MAQUINA QUE ILUSIONA