El
misterioso casillón
A
través de los años uno va aprendiendo que ciertos sucesos que durante la niñez
resultan fantásticos suelen ser meras apreciaciones desde una perspectiva donde
la razón es cautiva de la imaginación y la ilusión.
Supongo
que rescatar esas historias o sucesos de nuestra infancia, virgen todavía de
contaminación material, son como un oasis para nuestros espíritus sedientos de
aquellos encantos de fantasías y sorpresas.
Estoy
seguro de que uno de los hechos más maravillosos que uno recuerda de aquellos
años primeros está ciertamente relacionado con la escuela, lugar de encuentro y
aventuras, no solo del saber, sino de la amistad y la admiración.
No
voy a decir el nombre de mi colegio primario porque esto que voy a contar se
puede asociar a cualquier colegio en cualquier parte de nuestro país. Colegios
de pupitres de madera, aún con el agujerito para un tintero que ya quedó en
desuso, con techos altos e inviernos bravos, sin estufas ni ventiladores, pero
con recreos de murmullos y maestros de blanco. Con bandera limpita y un Aurora
rayado sonando en un tocadiscos Winco, y los sándwiches calientes, recién
horneados, que los miércoles y viernes preparaba con tanto esmero Doña Pochola,
para saciar el apetito en el recreo de las 10.
Este
colegio tenía un lugar misterioso, un lugar de secretos e intrigas, lo llamaban
el casillón: años después descubrí que su nombre tenía que ver con la
denominación de una casilla grande. Era un lugar que, para un niño de 8 o 9
años, guardaba miles de intrigas que se sostenían con las leyendas
extremadamente exageradas que solían contarnos los chicos de los años
superiores.
El
casillón era una gran estructura de madera, con algunas ventanas pequeñas, que
la mayor parte del tiempo se encontraba cerrada; esas ventanas estaban
cubiertas con unas cortinas oscuras y gruesas que jamás permitían ver hacia
adentro, y la puerta principal —especialmente grande— tenía al menos dos
cerraduras que se abrían con unas llaves enormes y pesadas.
Las
leyendas que cuantificaban a ese misterioso lugar hablaban de niños encerrados
por no hacer las tareas, del espíritu rebelde de un maestro que murió en el
colegio o del depósito de un tesoro que guardaba la congregación de Monjas a la
que pertenecía el colegio; esos y algunos dichos más incrementaban nuestras
fantasías agigantando las intrigas y el misterio.
También
sabíamos que el casillón se utilizaba como salón de música o lugar para actos
y, en algunos casos, para proyectar películas en formato Super 8. El primer día
que fuimos a visitarlo, la maestra nos hizo formar en dos filas frente a la
puerta de entrada —las chicas por un lado y los varones por el otro—; al
abrirse la enorme puerta, una luz tenue dejaba ver el interior. Primero
ingresaron las chicas y luego nosotros. Debo admitir que sentí cierto
nerviosismo, pero ya una vez adentro comprendí que el lugar era un simple salón
de actos; lo que no entendía era por qué sobre él se habían generado tantas
historias.
La
parte de adelante tenía un gran telón oscuro, adelante del cual se encontraba
un piano perfectamente lustrado y brilloso, algunas sillas que conformaban una
platea imaginaria y, en el fondo, un pequeño balcón donde se encontraba el
proyector y algunos elementos de viejas escenografías. Ese día conocimos a
nuestra profesora de música, quien, casi sin presentarse, abrió suavemente la
tapa del piano, retiró un paño largo y rojo que protegía el teclado y comenzó a
tocar el instrumento como acariciándolo, llevando sus dedos de un extremo a
otro sin discriminar entre teclas blancas y negras, proyectando en el aire
mágicas melodías que atraparon nuestra atención. ¿Cómo entender que de ese
conjunto de teclas pudieran surgir semejantes sonidos? Evidentemente, todo era parte
del misterio de ese extraño lugar. ¿O sería la música en sí misma un misterio
divino que estábamos comenzando a descubrir?
Un
piano con notas do-re-mi era sorprendente, pero que un triángulo de acero
también generara melodías era mucho para esas cabecitas de niños de primaria.
Un
resquicio en la cortina que tapaba una de las ventanas dejó proyectar un haz de
luz que fue a dar directamente sobre el teclado de aquel maravilloso
instrumento: el momento fue único, era como que Dios nos estaba regalando un
concierto y hasta una pandereta chillona se dejaba atrapar por ese acto
supremo.
Después
de aquel día comprendimos que no había ningún misterio en aquel famoso
casillón, aunque había algo que no me quedaba claro: ¿de qué manera un piano
podía entregar tanta alegría a nuestros oídos?
Cada
clase de música era un placer, no solo por el hecho de ir al casillón, sino por
la fantástica noticia de descubrir un nuevo sonido, un nuevo instrumento o un
simple conjunto de acordes que tenían el maravilloso encanto de derrotar al
silencio con felicidad.
La
maestra de música llevaba en su alma un amor que hablaba de corcheas y claves
de sol, que nos transmitía sin miramientos. Yo necesitaba saber cómo funcionaba
ese estupendo instrumento y, gracias a ello, pude entender definitivamente el
misterio del casillón.
Fue
una tarde después de la hora de Educación Física; fuimos con dos compañeros a
la parte trasera del colegio, allí estaba la imponente casilla de madera.
Teníamos que encontrar un lugar para entrar y comenzamos a revisar ventana por
ventana hasta que llegamos a la última del lado izquierdo que estaba abierta.
Corrimos la cortina y, con mucho esfuerzo, ingresamos. Allí estaba el piano:
imponente y silencioso —¡mi corazón latía a mil!—. No sabía qué sonido podría
producirse al tocar alguna de sus teclas; abrí suavemente la tapa mientras mis
compañeros hacían de campana —no podíamos ser descubiertos en ese lugar—. Quité
el paño rojo y lo acomodé en la parte de arriba, preparé mis dedos como
imitando a nuestra maestra y me dispuse a tocar un concierto que por muchos
días imaginé como memorable; pero algo raro ocurrió: ninguna tecla tenía
sonido, el piano estaba como muerto. Pensé que había cometido un error; quizás,
sin darme cuenta, había dañado aquel magnífico instrumento. Intenté nuevamente
aplicando más presión sobre las teclas, pero no había caso. Mi desánimo era
tremendo a la vez que mi cargo de conciencia era atroz: cómo yo había podido
arruinar semejante reliquia, aquella que llenaba de alegría nuestras almas.
Necesitaba
huir rápidamente del lugar, no quería que nadie se enterara de que el
responsable de la muerte de aquel mágico piano era yo.
Estuve
toda una semana pensando cómo decirle a mi maestra de música que su piano había
agonizado por mi culpa; no me animaba y esperé a que simplemente llegara el día
de su clase: quizás cuando ella comenzara a tocar y no funcionara, pudiera
llegar a suponer que se rompió solo, me dije.
Y
el día llegó. Hicimos la fila como todas las semanas, nos acomodamos en las
sillas mientras la maestra disponía unas grandes partituras sobre la parte
superior del piano. Allí comenzó su clásica ceremonia: abrió suavemente la
tapa, quitó el paño largo y rojo y se dispuso a tocar en todo el ancho del
teclado. Yo cerré los ojos con un inmenso sentimiento de culpa, presto a
escuchar el silencio y nada más que el silencio.
Ese
rayo de luz rebelde volvió a iluminar las delicadas manos de la maestra y,
cuando apoyó sus dedos sobre el teclado, brotó nuevamente la melodía, aún con
más potencia y sonoridad.
¡Qué
lindo se escucha la zamba “De mi esperanza” tocada por nuestra maestra de
música! ¡Qué misterios guarda ese viejo casillón que solo el piano a ella le
responde!
El
tiempo transformó en recuerdos aquellos momentos escolares, pero hoy puedo
asegurar que aquel casillón guardará por siempre un hermoso misterio: cómo
definir, si no, aquellas mágicas melodías surgiendo de un piano que solo podía
sonar ante las manos de una única ejecutante: nuestra querida maestra de
música.