viernes, 29 de junio de 2012

El misterioso casillón

El misterioso casillón

 

A través de los años uno va aprendiendo que ciertos sucesos que durante la niñez resultan fantásticos suelen ser meras apreciaciones desde una perspectiva donde la razón es cautiva de la imaginación y la ilusión.

 

Supongo que rescatar esas historias o sucesos de nuestra infancia, virgen todavía de contaminación material, son como un oasis para nuestros espíritus sedientos de aquellos encantos de fantasías y sorpresas.

 

Estoy seguro de que uno de los hechos más maravillosos que uno recuerda de aquellos años primeros está ciertamente relacionado con la escuela, lugar de encuentro y aventuras, no solo del saber, sino de la amistad y la admiración.

 

No voy a decir el nombre de mi colegio primario porque esto que voy a contar se puede asociar a cualquier colegio en cualquier parte de nuestro país. Colegios de pupitres de madera, aún con el agujerito para un tintero que ya quedó en desuso, con techos altos e inviernos bravos, sin estufas ni ventiladores, pero con recreos de murmullos y maestros de blanco. Con bandera limpita y un Aurora rayado sonando en un tocadiscos Winco, y los sándwiches calientes, recién horneados, que los miércoles y viernes preparaba con tanto esmero Doña Pochola, para saciar el apetito en el recreo de las 10.

 

Este colegio tenía un lugar misterioso, un lugar de secretos e intrigas, lo llamaban el casillón: años después descubrí que su nombre tenía que ver con la denominación de una casilla grande. Era un lugar que, para un niño de 8 o 9 años, guardaba miles de intrigas que se sostenían con las leyendas extremadamente exageradas que solían contarnos los chicos de los años superiores.

 

El casillón era una gran estructura de madera, con algunas ventanas pequeñas, que la mayor parte del tiempo se encontraba cerrada; esas ventanas estaban cubiertas con unas cortinas oscuras y gruesas que jamás permitían ver hacia adentro, y la puerta principal —especialmente grande— tenía al menos dos cerraduras que se abrían con unas llaves enormes y pesadas.

 

Las leyendas que cuantificaban a ese misterioso lugar hablaban de niños encerrados por no hacer las tareas, del espíritu rebelde de un maestro que murió en el colegio o del depósito de un tesoro que guardaba la congregación de Monjas a la que pertenecía el colegio; esos y algunos dichos más incrementaban nuestras fantasías agigantando las intrigas y el misterio.

 

También sabíamos que el casillón se utilizaba como salón de música o lugar para actos y, en algunos casos, para proyectar películas en formato Super 8. El primer día que fuimos a visitarlo, la maestra nos hizo formar en dos filas frente a la puerta de entrada —las chicas por un lado y los varones por el otro—; al abrirse la enorme puerta, una luz tenue dejaba ver el interior. Primero ingresaron las chicas y luego nosotros. Debo admitir que sentí cierto nerviosismo, pero ya una vez adentro comprendí que el lugar era un simple salón de actos; lo que no entendía era por qué sobre él se habían generado tantas historias.

 

La parte de adelante tenía un gran telón oscuro, adelante del cual se encontraba un piano perfectamente lustrado y brilloso, algunas sillas que conformaban una platea imaginaria y, en el fondo, un pequeño balcón donde se encontraba el proyector y algunos elementos de viejas escenografías. Ese día conocimos a nuestra profesora de música, quien, casi sin presentarse, abrió suavemente la tapa del piano, retiró un paño largo y rojo que protegía el teclado y comenzó a tocar el instrumento como acariciándolo, llevando sus dedos de un extremo a otro sin discriminar entre teclas blancas y negras, proyectando en el aire mágicas melodías que atraparon nuestra atención. ¿Cómo entender que de ese conjunto de teclas pudieran surgir semejantes sonidos? Evidentemente, todo era parte del misterio de ese extraño lugar. ¿O sería la música en sí misma un misterio divino que estábamos comenzando a descubrir?

 

Un piano con notas do-re-mi era sorprendente, pero que un triángulo de acero también generara melodías era mucho para esas cabecitas de niños de primaria.

 

Un resquicio en la cortina que tapaba una de las ventanas dejó proyectar un haz de luz que fue a dar directamente sobre el teclado de aquel maravilloso instrumento: el momento fue único, era como que Dios nos estaba regalando un concierto y hasta una pandereta chillona se dejaba atrapar por ese acto supremo.

 

Después de aquel día comprendimos que no había ningún misterio en aquel famoso casillón, aunque había algo que no me quedaba claro: ¿de qué manera un piano podía entregar tanta alegría a nuestros oídos?

 

Cada clase de música era un placer, no solo por el hecho de ir al casillón, sino por la fantástica noticia de descubrir un nuevo sonido, un nuevo instrumento o un simple conjunto de acordes que tenían el maravilloso encanto de derrotar al silencio con felicidad.

 

La maestra de música llevaba en su alma un amor que hablaba de corcheas y claves de sol, que nos transmitía sin miramientos. Yo necesitaba saber cómo funcionaba ese estupendo instrumento y, gracias a ello, pude entender definitivamente el misterio del casillón.

 

Fue una tarde después de la hora de Educación Física; fuimos con dos compañeros a la parte trasera del colegio, allí estaba la imponente casilla de madera. Teníamos que encontrar un lugar para entrar y comenzamos a revisar ventana por ventana hasta que llegamos a la última del lado izquierdo que estaba abierta. Corrimos la cortina y, con mucho esfuerzo, ingresamos. Allí estaba el piano: imponente y silencioso —¡mi corazón latía a mil!—. No sabía qué sonido podría producirse al tocar alguna de sus teclas; abrí suavemente la tapa mientras mis compañeros hacían de campana —no podíamos ser descubiertos en ese lugar—. Quité el paño rojo y lo acomodé en la parte de arriba, preparé mis dedos como imitando a nuestra maestra y me dispuse a tocar un concierto que por muchos días imaginé como memorable; pero algo raro ocurrió: ninguna tecla tenía sonido, el piano estaba como muerto. Pensé que había cometido un error; quizás, sin darme cuenta, había dañado aquel magnífico instrumento. Intenté nuevamente aplicando más presión sobre las teclas, pero no había caso. Mi desánimo era tremendo a la vez que mi cargo de conciencia era atroz: cómo yo había podido arruinar semejante reliquia, aquella que llenaba de alegría nuestras almas.

 

Necesitaba huir rápidamente del lugar, no quería que nadie se enterara de que el responsable de la muerte de aquel mágico piano era yo.

 

Estuve toda una semana pensando cómo decirle a mi maestra de música que su piano había agonizado por mi culpa; no me animaba y esperé a que simplemente llegara el día de su clase: quizás cuando ella comenzara a tocar y no funcionara, pudiera llegar a suponer que se rompió solo, me dije.

 

Y el día llegó. Hicimos la fila como todas las semanas, nos acomodamos en las sillas mientras la maestra disponía unas grandes partituras sobre la parte superior del piano. Allí comenzó su clásica ceremonia: abrió suavemente la tapa, quitó el paño largo y rojo y se dispuso a tocar en todo el ancho del teclado. Yo cerré los ojos con un inmenso sentimiento de culpa, presto a escuchar el silencio y nada más que el silencio.

 

Ese rayo de luz rebelde volvió a iluminar las delicadas manos de la maestra y, cuando apoyó sus dedos sobre el teclado, brotó nuevamente la melodía, aún con más potencia y sonoridad.

 

¡Qué lindo se escucha la zamba “De mi esperanza” tocada por nuestra maestra de música! ¡Qué misterios guarda ese viejo casillón que solo el piano a ella le responde!

 

El tiempo transformó en recuerdos aquellos momentos escolares, pero hoy puedo asegurar que aquel casillón guardará por siempre un hermoso misterio: cómo definir, si no, aquellas mágicas melodías surgiendo de un piano que solo podía sonar ante las manos de una única ejecutante: nuestra querida maestra de música.

 


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