Este cuento es un homenaje a un gran Hombre, Fermin Rodriguez, quien desinteresadamente ha hecho muchisimo bien a una gran generacion de niños de mi ciudad
Una tardecita de abril de 1971, llegué a la canchita del club Vicente López y Planes, de mi ciudad natal, Gral. Rodríguez, con la emoción de un pibe que iba en búsqueda de un sueño por cumplir. El campo de juego era de tierra, con algunos salpicones de césped, pero con arcos pintados de blanco, haciendo gala de una impecable y tensa red. Me pareció tocar el cielo con las manos.
Allí había más de sesentas pibes, inquietos y expectantes, con sus indumentarias diversas. Estaban quienes hacían gala de sus fabulosos botines Sacachispas o aquellos que apenas lucían su dignidad, con humildes alpargatas agujereadas.
Todos esperaban el momento en que llegara la pelota de cuero número cinco, toda engrasada y bien inflada, que traía en su Bicicleta Don Fermín Rodríguez ( Fincho), un viejo apasionado por el fútbol y los chicos.
En el portaequipaje de su bicicleta traía, en una valijita de madera, un cuaderno Gloria, de veinticuatro hojas, donde registraba los nombres de los jugadores, los equipos, la tabla de posiciones y hasta los goleadores. Todo separado por categorías, de acuerdo a los años de nacimiento.
Don Fermín se sentaba en un tablón, que se apoyaba sobre dos troncos de palmera y que oficiaba como banco. Tenía una ubicación de privilegio: estaba justo en el centro de la cancha. Mientras acomodaba sus cosas y repasaba sus anotaciones, algunos de nosotros curioseábamos por arriba de su cabeza, para ver en qué equipo jugaríamos.
Aún hoy me acuerdo de Acerito, Victoria, Ciclón, San José, el Trébol y tantos otros.
Ese día de abril, me presenté ante Don Fermín, con toda la vergüenza de un niño de diez años, para preguntarle si podría jugar en alguno de sus equipos. Y fueron sus palabras las que me marcaron a fuego, nunca me olvidaré de ellas
-“ Pibe si juega aquí, debe saber que primero debe amar el fútbol, después debe divertirse con el fútbol y por último, sepa ver un amigo en cada compañero y sepa ver un futuro amigo en cada adversario. No importa si juega bien o mal, solo ponga pasión por el deporte.”
Siempre admiré a Don Fermín, una institución en mi ciudad. Por sus equipos pasaron varias generaciones de chicos a los cuales alejó de la calle, algunos, llegaron a jugar en clubes de primera división. Pero, principalmente, formó personas de bien y hasta supo tenerlos como hijos adoptivos en su propia casa.
El mayor honor de cualquiera de nosotros, era poder jugar algún día en la Selección A, el mejor combinado de pibes de la ciudad. Sin dudas, haber sido integrante de la A, era como haber jugado en BOCA o en RIVER, o al menos, eso creíamos nosotros.
Cuando cumplí los 14 años, Don Fermín me vino a saludar con el mejor de los regalos: Iba a formar parte de la Selección A, en el partido que jugaríamos contra la octava de Velez Sarfield. Según mi viejo, se dibujó en mi rostro, una sonrisa que me duró como tres días.
Jugar ese partido era algo increíble, ya que era la primera vez que las divisiones inferiores de un club de primera, jugarían con un equipo de pibes de Gral. Rodríguez.
El día anterior al partido, Fincho nos citó a todos en la cancha auxiliar del club Alem, para darnos una especie de charla técnica. Cuando llegamos, lo vimos al Tarta Juárez meta dar vueltas alrededor de la cancha, primero al trotecito y luego a los piques. Llevaba como una hora sin parar, dale que te dale.
Según su hermano, que estaba a un costado de la cancha con un bidón de agua, hacía como dos semanas que Fincho lo tenía meta correr. Para nosotros, eso era todo un misterio, porque jamás habíamos hecho preparación física y encima, quien lo estaba haciendo era el Tarta, el más rápido de todos nosotros y quien menos lo necesitaba.
Fermín hizo sonar el silbato y nos juntó a todos en el centro de la cancha. Nunca antes nos había dado una charla técnica, ya que él sólo se limitaba a armar los equipos y a alentar desde afuera. Pero ese día, era muy especial. Hasta llevaba puesto un buzo Adidas y una gorra bordada que decía, Selección A.
Nos miró a todos fijamente, fue repasando nuestros rostros pausadamente y en silencio, nadie decía nada, pero el nerviosismo estaba dentro de cada uno de nosotros, dio la formación y con voz tranquila dijo:
-“Mañana, diviértanse y si pueden, ganen!!!.”..Hizo una pausa como para extenderse en el discurso, dio media vuelta y se fue.
Cachito Santos, que estaba a mi lado, me codeó y me dijo:
-¡ El tipo sí que sabe lo que quiere!
El gran día llegó y salimos a jugarnos la vida. Al entrar al campo de juego, nos sorprendió ver a tanta gente, estaba la mitad del pueblo. Pero lo que mas nos llamó la atención, fue el tamaño de los jugadores de VELEZ. ¡ Si hasta la Jirafa Gómez parecía apenas un pony al lado de semejantes ursos ¡
En los primeros veinte minutos del partido, no los podíamos parar, nos estaban dando un baile de aquellos. Ya a los veinte, nos ganaban tres a cero.
Yo lo miraba insistente a Don Fermín esperando alguna palabra, alguna instrucción, algún reto, pero el tipo estaba firme a un costado de la cancha, su mirada perdida y sereno, como si nada.
El primer tiempo terminó cuatro a cero porque el Loco Naranjo se atajó hasta el viento. Cuando el juez marcó el final de la etapa, todos nos miramos como aliviados.
Cuando llegamos al vestuario, Fermín nos estaba esperando sentado en un rincón, haciendo anotaciones en su cuadernito. Nos miró y nos dijo:
-“Me parece que no escucharon lo que dije ayer”.
Otra vez ese silencio sepulcral, hasta que el Toto Fernández reaccionó ofuscado y dijo: --Si ayer no dijo nada, ¿ qué quiere que hagamos?.
Fue la primera vez que alguno de nosotros le retrucamos algo a Fermín, pero era cierto que el viejo no había dicho nada, ni siquiera nos dijo que estos tipos medían como dos metros, ni que corrían como liebres, ni cómo diablos había que hacer para marcarlos, ni nada, absolutamente nada.
Fermín, dejó que Toto se desahogara y tomó la palabra, pero esta vez con firmeza y con bronca, su rostro se veía tenso y muy serio:
-“Yo les dije que, por sobre todas las cosas, se divirtieran, ¿o no me escucharon?. No piensen contra quién juegan, ustedes son los mejores, son la Selección A y si sólo se dedican a jugar, disfrutando lo que hacen, siempre serán los campeones”.
Creo que había dicho las palabras mágicas, justas para nuestras cabecitas de adolescentes, ya que nos generó una inyección de ánimo, que nos expulsó al campo de juego con todas las ganas de mostrar el orgullo que teníamos, de ser lo mejor de lo mejor de nuestra ciudad. Y así salimos a jugar el segundo tiempo.
Los lungos ya no parecían tan grandes y hasta si corríamos, los podíamos alcanzar.
A los cuarenta minutos de juego, nos habíamos puesto cuatro a tres. La gente estaba loca. Estábamos jugando como nunca. Toques, gambetas, tacos y la picardía del potrero que nos brotaba a flor de piel. Ya no importaba perder, estábamos demostrando que éramos capaces de jugarles de igual a igual.
Pero, a los cuarenta y cuatro minutos, ocurrió algo increíble. Fermín hizo el único cambio del partido. Puso al Tarta Juárez, que, si bien era el mas rápido de todos nosotros, no dejaba de ser un mediocre con la pelota. Ninguno se imaginaba que, en semejante partido, podría jugar el Tarta.
El tipo entró como una bala y se puso de puntero derecho, bien contra la raya, lo tenía al lado al propio Fermín que le daba indicaciones. No sé cómo la pelota le cayó desde el cielo, cerca del medio de la cancha y entró a correr de una manera, como nunca antes lo habíamos visto. El marcador de punta izquierdo no lo podía alcanzar. El central le salió al cruce, cuando ya casi ingresaba al área grande y con un leve amague, lo dejó tirado en el piso. Luego, encaró directo al arco, y cuando el arquero iniciaba el achique, sacó un violento disparo que pegó en el travesaño y entró. El grito de Gol duró tanto, que el Tarta se quedó definitivamente mudo.
El partido terminó igualado en cuatro, aunque para nosotros, fue el mejor de los triunfos. Dimos la vuelta olímpica con el viejo en andas. De sus ojos brotaban lágrimas de emoción, que se diluían rápidamente en su curtido rostro, para que nadie notara que era el hombre mas feliz del mundo.
.
El tiempo pasó y cada uno de nosotros fue diseñando su vida. Eso sí, tuvimos la dicha enorme de atesorar en nuestros corazones, esos recuerdos únicos de una niñez que, en definitiva, serviría de plataforma para formarnos como hombres y en ello, tuvo mucho que ver Don Fermín.
Un domingo de noviembre de 1991 lo encontré, él ya tenía ochenta y cinco años y me sorprendió cuando me dijo que había terminado de armar una canchita frente a su casa, ya que al club le era imposible llegar, porque ya no podía andar en bicicleta. Entonces, en esa cancha, podrían jugar los más de ciento cincuenta chicos que formaban parte de sus equipos.
Fincho murió a los 86 años. Fue en una tardecita de otoño y sus ojos se cerraron definitivamente, mientras miraba, sentado en un tablón de madera apoyado sobre dos troncos de palmera, un partido de fútbol. Tenía a su lado, su vieja valijita y un cuadernito Gloria recién empezado.
A los pocos días de su fallecimiento, fuimos con un grupo de amigos a ver su casa y allí encontramos un tesoro increíble: sus paredes adornadas con fotos de cientos de equipos, donde la única constante, era su presencia en cada una de esas imágenes en blanco y negro. En el centro del comedor, sobresalía uno de los pocos cuadros que incluía una foto en color. Allí estaba la famosa selección A, con un montón de pibes entre los cuales estaba yo, y a un costado, Don Fermín Rodríguez, con una amplia sonrisa, su buzo Adidas y aquella gorra bordada
En un mueble despintado y con un gran espejo en el centro, se imponían, perfectos, una pila enorme de cuadernos Gloria de 24 hojas, donde se conservaba la historia rica de tantas tardecitas de alegrías infantiles.
La curiosidad me llevó a mirar el primero de los cuadernos de la pila y para mi sorpresa, en la primer hoja, escrito en tinta roja, se podía leer: mil novecientos setenta y cinco, el día que la Selección A le ganó a la octava división de club Velez Sarfield. Al dar vuelta la hoja, noté que el resultado que Fermín había anotado era: Selección A, 5, Velez, 4, el detalle de todos los goles y una aclaración escrita en tinta negra que decía; “El gol del Tarta Juárez vale doble”.
martes, 29 de septiembre de 2009
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