El sol brillante del invierno, no contrastaba con el
verde del campo de juego, quizás porque no estaba julio, o quizás porque Julio
solo podía interpretar que ese milagroso paisaje era un claro signo de
felicidad que en forma secreta y cómplice solía compartir conmigo. Sin julio
nada es lo mismo, porque es la esencia del futbol de potrero y su entrañable
conexión con la amistad. Un día su cadera dijo basta y casi sin despedirse no
volvió a mostrar su habilidad en el campo de juego en donde, durante muchos
años, cada sábado su sonrisa era una permanente compañía para quienes lo
admiramos de corazón.
Y ese mismo día me di cuenta que cuando había que
levantar la cabeza para dar un pase ya no estaba Jorge, y si no estaba Jorge
quien podría ponerle sobre nombres a los circunstanciales jugadores, algunos
emblemáticos como Landucci, Príncipe, arito, Rosarino, Gordo, Batistuta,
Pernia, Neurus, Mago, Bubu, Intendente, Quique Wolf, Coppola, Honorio y tantos
otros. Y si Jorge hacia un Gol era necesario festejarlo con un grito profundo y
ese abrazo de gol que solo el futbolero puede entender. Poco a poco Jorge dejo
de venir, quizás porque al mudarse ya no le quedaba cerca la cancha o porque
sencillamente los años habían conspirado para bajar su eficacia a la hora de
hacer goles o porque muchos de sus amigos más cercanos dejaron de asistir o
porque su forma de jugar tenía mucho que ver con disfrutar de un par de horas
de desconexión haciendo pases con amigos, o porque no, una conjunción de todas
esas cosas
Y si hago una pausa puedo observar que ya no está Gustavo,
tuvo la rara ocurrencia de morirse en la cancha, si bien creo que sería lo que
cualquier futbolero anhelaría, su partida fue un gran dolor para todos. Había
inmortalizado la funcionabilidad del repiqueteo estático, algunos le decíamos
Gordo y otros Profe, en realidad si debería resumir su forma de ser sin dudas
Gustavo era un Profe, no solo porque era profesor de educación física, sino
también porque era un profesor de la vida, tenía un gran apego con aquellas personas a las que
consideraba amigos, era un niño en el cuerpo de un hombre adulto, que
disfrutaba enormemente cuando le pegaba con calidad a la pelota y para
confirmar su acción era capaz de correr 50 metros para llegar a mi lado y
decirme: Que bien le pegue, ¿no?. Sin dudas Gustavo tenía un corazón muy grande
y por esas cosas de la vida murió por ello.
Vuelvo a mirar para un costado de la cancha y ya no lo
veo a Marcelo, si no está Marcelo es difícil reírse, mas allá de ser un gran
medio campista, jugar a su lado era disfrutar de miles de ocurrencias que solo
los tipos que tiene una chispa sagrada pueden tener. Junto con Claudio
conformaban la Banda del Mal, quizás por sus criticas filosas capaces de crear
seudos mensajes, nutridos por una inteligencia y un humor oportunamente acido.
Marcelo siempre era el centro de las ocurrencias en los terceros tiempos, su
vocación periodística lo transformaba en el interpelador de cada personaje de
nuestro grupo.
Claudio comenzó a tener lesiones y más lesiones, no
volvió a jugar, y eso que en el momento que jugaba deseabas que no jugase
porque nunca querías que te marque, no solo por su sagacidad a la hora de
defender, sino también porque utilizaba métodos no convencionales para detener
a sus circunstanciales adversarios. Gozaba también del don de la inconformidad
permanente sobre el armado de los equipos, más de una vez le brotaba de sus
entrañas un ataque de ira como si fuera un cavernícola desplazado y terminaba
arrojando la camiseta en el piso para salir de la cancha a paso sostenido. Al
no estar Claudio el juego ya no era el mismo.
Un día Quique Wolf se operó de la cadera y no volvió a
jugar, otro día Héctor se mudó del barrio y tampoco supimos nada de él. Más
adelante el flaco Castro ya no pudo más con sus piernas y no volvió. El capi dejo
de venir, una extraña dolencia le impedía volver a jugar y su ausencia fue una
forma de despedir al glamour de nuestros encuentros sabatinos.
Mucho más allá en el tiempo, Juan Tagliaferro fue el
primero en dejarnos, un emblemático gambeteador, uno de los fundadores del
grupo y quien guardaba en excelente estado y brillo la chapa de organizador.
Miguelito el Goma, también se fue del barrio y ya no
volvió a participar de nuestros encuentros sabatinos, quizás su cuerpo le jugó
una mala pasada o los años lo pusieron en un lugar que él no quería, lo cierto
es que de un día para otro perdió la llama de la voluntad para jugar a la
pelota.
Es muy difícil conocer un hincha de All Boys, pero yo
tuve la suerte de conocerlo a Jorge Obes, todo un mariscal de la defensa, con
un talento poco frecuente para pegarle a la pelota, todo un caballero de la
vida, y un luchador inclaudicable, hoy ya no viene a jugar, pero estoy seguro
que algún día va a volver, lo lleva en sus venas, aunque la salud le jugó una
mala pasada, ese partido lo viene ganando, más tarde o más temprano nos volveremos
a encontrar.
Charly se entregó muy rápido, quizás sus asuntos
personales se impusieron sobre la pasión de la pelota y de un día para el otro,
“TODO SE COMPLICO”, resultado genuino de las dificultades económicas de nuestro
país y las vicisitudes laborales.
Bubu era uno de nuestros arqueros, una garantía bajo los
tres palos, pero la vida le jugó una mala pasada, primero con el trabajo y
después con su mujer quien contrajo una grave enfermedad y fue mellando sus
ganas de divertirse. Un tercer tiempo sin bubo era una ofensa para la cerveza y
las risas cómplices de quienes disfrutábamos con su presencia y con su
muletilla costumbrista “Que no decaiga”. Mirar al arco y no verlo es sentir un
enorme vacío.
Y qué decir del Tano Capria, uno de los emblemáticos
integrantes de nuestro grupo, el tano además de ser un gran arquero tiene el
talento innato de ser un creativo del arte fotográfico, no solo por ser uno de
los mejores profesionales del país en estos menesteres sino también por
utilizar toda su capacidad para regalarnos momentos de humor infinito en cada
reunión anual del grupo. Mirar al otro arco y ya no verlo me causa una
sensación muy rara. Debo confesar que siento cierta tristeza que mis amigos,
los más cercanos ya no estén cada sábado compartiendo por un momento ese
extraño sentimiento de sentirnos niños y de vivir esa pasión inexplicable de
jugar al futbol
Y me duele en el alma que no esté JUAN, relatando el
partido e insistiendo que era “al primer palo” o que lo ayudemos porque “ya no
puede patear”, porque juan era el único de nosotros que alguna vez jugo al
futbol de manera profesional y sus historias nos atraían, porque escucharlo era
escuchar a un gran tipo. La vida se lo llevo muy joven, quizás él también tuvo
la fortuna de despedirse cerca de una cancha de futbol.
Qué decir del loco lindo, inmortalizado como Intendente o
Enri, el apodo de intendente seguramente le quedo por preocuparse para que
nuestro grupo crezca y se afiance, que tenga sus celebraciones, todas ellas con
su animación necesaria, era un showman por naturaleza, capaz de hacernos morir
de la risa. Todavía me parece verlo correr como si fuera una flecha por la
flanja derecha del campo. Enri siempre fue la rueda de auxilio de cualquiera de
nosotros, capaz de transformarse en plomero, gasista, carpintero o benefactor
de quien requiera su auxilio, un tipo totalmente desinteresado y presto a dar
una mano a quien lo requiera. Nuestro tiempo es finito, pero siempre pensamos
que somos inmortales, yo creía que Enri era un inmortal porque simplemente
estaba llevo de vida, pero Dios tiene esas cosas que nadie entiende, cuando
menos lo esperas te llama y tenes que ir, no queda otra.
Hoy es sábado y aquí estoy, a mi lado el Gallego y
Ricardo un poco más allá esta Coppola, que ¡raro que no vino el Príncipe ni
Osvaldito!, el partido está por comenzar. Somos apenas cinco los pocos que
quedamos, juntos llevamos casi 30 años compartiendo esta pasión inexplicable.
Pero ya no es lo mismo, no sé si será el sol que no brilla tanto, ni que el
verde del pasto no es tan verde o porque simplemente no lo puedo disfrutar con
Julio, o será que veo venir que en no mucho tiempo ya no pueda patear una
pelota, es una sensación que nunca viví durante un sábado a la tarde, una
mezcla de nostalgia y añoranza, definitivamente hoy me di cuenta que nunca va
ser lo mismo.
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