El Moncho Lopardo si que era un amigo, recuerdo que lo conocí una tarde de octubre mientras esperábamos que los grandes dejaran libre la canchita de fútbol del barrio la trifulca. Nunca se sabía muy bien a que hora iba a suceder eso, dependíamos de que al Chueco Díaz se le ocurriera irse o dar por finalizado el partido, además como era el propietario de la número 5, él daba por terminado el encuentro cuando se cansaba de jugar o cuando la madre lo llamaba para ir a hacer los mandados.
El Moncho era muy tímido, es decir un tipo de pocas palabras, pero cuando decía algo, valía la pena escucharlo, esa tarde se presento como recién llegado al barrio. Su familia era oriunda de Formosa y como al padre le salió una buena posibilidad laboral en el tambo de los Olaízola, se vinieron todos.
Mientras comíamos unos nísperos del árbol de doña Reggina que extendía sus ramas generosas contra uno de los laterales de la canchita, el Moncho se acerco como quien no quiere la cosa y muy tímidamente tiro sus primeras palabras….”muchachos yo que ustedes no haría eso”, llevaba entre sus dedos 2 carozos relucientes de nísperos como si fueran perlas de cedro dignos de una exposición.
El ñato Scaiotti lo desafió con su mirada y como buen busca roñas le respondió con una de sus clásicas frases agresivas…y a vos que carajo te importa, pendejo!!! El Moncho lo miro sin entender mucho, se encogió de hombros y hablando bajito se fue para un costado. A los pocos minutos nos asustamos del grito que dio el ñato mientras metía la mano entre las hojas del níspero y una gran gata peluda verde hacia efectiva una amenaza que solo el Moncho supo ver.
Mi amistad con él comenzó ese mismo día, y ese mismo día supe como era su personalidad, quizás porque tengo la dicha de saber reconocer a las personas por como juegan a la pelota o por una misteriosa intuición que me hacen conocerlas casi sin saber quienes son. El Moncho me demostró que era puro corazón, no solo jugaba bien a la pelota, sino que era generoso con sus compañeros haciendo pases precisos y habilitando siempre al que mejor ubicado estaba. Toda la timidez que presentaba al comunicarse la dejaba de lado cuando jugaba, siempre llevaba la voz de mando y era capaz de dejar que le quiebren una pierna antes de que alguien lastimara a un compañero.
Hicimos toda la primaria juntos y solo nos separamos cuando se fue a jugar al Deportivo Español, tenia entonces solo 15 años. Dos años después debutaba en primera y el día del debut nos mando a buscar a todos, nos había reservado unas plateas muy cerca del banco de los suplentes.
El destino quiso que ese día hiciese su primer gol en primera y no tuvo la mejor ocurrencia que venir a festejarlo con nosotros, aquella tarde parecía tocar el cielo con las manos, la mayoría de los periodistas que estaban en la cancha sostuvieron que habían presenciado el nacimiento de un nuevo Crack y aunque los perfiles de la fama comenzaban a asomar sobre la vida del Moncho, el tipo seguía siendo el mismo que gambeteaba chiquilines en la canchita de la trifulca. Para el Moncho
Un día el tuerto Hernández se quedo sin trabajo, la fabrica de Baldosas de los hermanos GRANITOS donde trabajaba, se había fundido y dejo sin trabajo a medio barrio, no sabemos como el Moncho se entero y aunque por aquellos tiempos él ya jugaba en Europa, todos los meses le mandaba un cheque por el mismo importe del sueldo que cobraba el tuerto en la fabrica, creo que lo banco durante mas de un año hasta que volvió a conseguir trabajo.
Su bajo perfil siempre lo conservo, calladito y austero, muy amigo de sus amigos, y si bien su éxito europeo lo habían transformado en un tipo famoso, nunca se la creyó. Recuerdo que un día nos dijo: “¿saben que fue lo verdaderamente importante que logre en la vida? sin dudas haberlos conocido, tal es así que a veces me pongo a pensar que seria de mi sino tuviera amigos, entonces comprendo que decir amistad es como describir felicidad, seria imposible nutrir al corazón de alegrías sino estuvieran ustedes, mas no comprendería porque el tiempo transcurre si no es para volverlos a ver”, las palabras del moncho no tenían desperdicio pero en cierta manera denotaban un dejo de melancolía inocultable.
l era toda una eminencia, cuando tiraba un pensamiento había que estar preparado para captarlo, el tipo siempre apuntaba al corazón….y no fallaba.Eugenio Lo Pietro era el más cercano al Moncho en nuestra barra, estuvo varias veces en su casa de Florencia, Italia, le pagaba los pasajes y no le dejaba gastar ni un mango, hasta era el padrino de uno de sus hijos. Por eso creo que fue el destino el que le jugo sucio al Moncho, cuando transcurrían sus últimos días como jugador profesional y en una sus tantas vueltas al país, cometió el peor error de su vida, llegar antes de tiempo a su casa, allí lo encontró justo a él, su mejor amigo, con María de los Milagros, esposa y madre de sus 3 hijos. Nadie supo bien lo que ocurrió esa noche pero el Moncho descargo toda su furia en Eugenio, quizás la traición dolió más que el engaño.
Hoy el Moncho Lopardo purga 25 años de condena en la cárcel de Marcos Paz, por haber matado a su gran amigo Eugenio Lo Pietro.
Todos los domingos lo vamos a visitar, nos abraza como si estuviese festejando el mejor gol de su vida y hasta se le escapa una lágrima cuando el Ñato Scaiotti le entrega una bolsita de nísperos recién cosechados de la vieja planta de doña Reggina
Que paradoja!! …si uno debería definir la palabra amistad solo haría falta describir como es el Moncho, aunque las 98 puñaladas que recibió Eugenio Lo Pietro acreditarían lo contrario.
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