DECIME QUÉ SE SIENTE
—Julio, decime qué se siente —el murmullo de Alejandro apenas podía ser percibido por los oídos de su compañero de banco.
—Julio, por favor, decime lo que se siente —insistía Alejandro mientras su compañero trataba de disimular ante la posible mirada del profesor de Matemáticas.
—Ale, no entiendo lo que decís, pero no me dejás concentrar en estos diabólicos problemas de trigonometría. No hablés más, a ver si el profesor Catalano nos saca las hojas, nos pone un cero y yo me llevo la materia.
Aquella mañana de noviembre se definía, en cierta manera, el futuro académico de Julio. Debía sacarse un nueve en el último examen de Matemática para poder promediar el siete salvador en todo el año y así evitar llevarse lo que para él era la materia más difícil.
Su compañero de banco, Alejandro Sarrasquetta, era el bocho de aquel quinto año del Perito Mercantil de la Escuela Superior de Comercio Carlos Pellegrini de Ituzaingó. Su promedio anual nunca bajaba de 9,66, pero ese último año había logrado un récord histórico para el colegio: su promedio daba exactamente diez.
Todas sus aptitudes intelectuales contrastaban con sus capacidades deportivas. Si bien Alejandro nunca se daba por vencido y ponía pasión y empeño en cada actividad, la naturaleza le había negado la habilidad para el deporte. Su calificación futbolística podría definirse como la de un simple “pata dura”.
Ser el mejor alumno de una escuela secundaria no remediaba su enorme frustración de no ser un jugador de fútbol que pudiera defender los colores de aquel quinto año, que venía haciendo una gran campaña en los torneos intercolegiales de 1976.
Julio Laudonio era un alumno que, si bien no solía llevarse materias a diciembre ni a marzo, jamás superaba el ocho de promedio. Pero poseía una extraordinaria peculiaridad: era el goleador del equipo. Además de tener un enorme talento para jugar al fútbol, había sido fichado en las categorías juveniles del Deportivo Morón. Su gran debilidad, definitivamente, eran las Matemáticas.
Julio y Alejandro habían sido compañeros desde la primaria. Más allá de compartir pupitres, eran amigos inseparables. Alejandro siempre estaba dispuesto a ayudar a su amigo en cálculos complejos, y Julio ocupaba horas libres en enseñarle a pegarle bien a la pelota.
Ambos fracasaron. Alejandro nunca logró que Julio entendiera los cálculos, y Julio jamás consiguió que Alejandro le pegara a la pelota y esta fuera a donde debía.
Los torneos intercolegiales se disputaban con equipos de siete jugadores. En aquel quinto año del Carlos Pellegrini solo había ocho varones; siete eran titulares y el suplente, inevitablemente, era Alejandro.
Ser suplente en un grupo de adolescentes con habilidades futbolísticas implicaba saber que solo podría jugar ante una lesión o un imprevisto. Alejandro lo sabía, pero eso no impedía que estuviera siempre presente y preparado.
Disfrutaba la ceremonia de ponerse la camiseta, el pantalón corto, las medias y los botines. En su imaginación se veía ingresando a la mismísima Bombonera, donde miles de hinchas coreaban su nombre: “¡Aplaudan, aplaudan, no dejen de aplaudir, los goles de Sarrasquetta que ya van a venir!”.
El entusiasmo de Alejandro chocaba con su torpeza para dominar el balón. Él interpretaba que se trataba de una conspiración de un duende camuflado dentro de la pelota de cuero.
Aquel torneo del ’76 sería el último intercolegial. Además tenía un aliciente particular: por cada partido ganado se obtenía un premio en pesos para el viaje de egresados, y si se obtenía el campeonato, los premios se duplicaban.
Cada partido se jugaba como una final del mundo. En aquellos que se ganaban por mucha diferencia, Julio se hacía el cansado y pedía el cambio para darle la oportunidad al suplente. Y allí entraba Alejandro, impecable, a paso firme y cabeza alta como diciendo “aquí estoy yo”. Pero todo duraba hasta que le llegaba la primera pelota: se abatataba y sus piernas se enredaban entre sí. Nadie podía explicar lo que le ocurría: parecía que sus miembros se transformaban en barras de goma tan flexibles que impedían impactar la pelota correctamente.
Sus compañeros asumían que, al jugar Alejandro, el equipo pasaba a tener seis jugadores, pero seguían siendo solidarios con aquel suplente infaltable que, pese a su incapacidad declarada, nunca bajaba los brazos.
El último partido se jugaba contra el ENET, el rival más difícil. Ganando, simplemente ganando, el Carlos Pellegrini sería campeón. Cualquier otro resultado coronaría al otro equipo.
La final fue pareja, pintaba para cero a cero. A pocos minutos del final, Carlos Segovia, uno de los delanteros del Pellegrini, debió ser reemplazado por una fuerte patada. El árbitro miró hacia el banco y dio la orden al suplente. Los ojos de Alejandro se iluminaron. Hizo un repiqueteo ansioso, sintió la ovación imaginaria y entró a la cancha con todas las ganas acumuladas en cinco años de secundario. Julio, desde lejos, le gritó:
—Ponete bien de punta, pegadito al arquero.
El partido se moría. El cero a cero hacía campeón al ENET, pero Julio no se rendía. Pidió la pelota al arquero y salió gambeteando desde su área. Era la jugada de su vida. Solo faltaba el arquero. Le amagó y lo eludió. Estaba solo frente al arco: empujar y festejar.
De repente escuchó una voz potente:
—¡Julito, Julito!
Miró a su derecha. Alejandro estaba solo, pidiendo un pase. Un pase a la felicidad. Su primer gol. Todo se volvió cámara lenta. A un lado, el arco y el campeonato; al otro, su amigo de toda la vida y la posibilidad única de ser héroe por un día. Era elegir entre la amistad o la vanidad.
El pase corto para Alejandro fue perfecto. Sin decirlo, llevaba impresa la frase: “Tomá y hacelo”.
Alejandro se puso rojo como un volcán. Recordó cada consejo: pie de apoyo junto a la pelota, pierna derecha suave, pie perpendicular… pero le entró mordido. La pelota giró sobre su eje, avanzó como un trompo descontrolado, pegó en el palo y salió, acariciando la red… del lado de afuera.
El profesor Catalano recorría los pupitres sigilosamente, en busca de una presa. La única oportunidad para engañarlo era cuando algún alumno se levantara a hacer una pregunta criteriosa.
Alejandro ya había terminado su examen, pero no quería entregar la hoja: deseaba esperar a su amigo. En una distracción de Catalano, insistió, con un susurro áspero:
—Julito, Julito… por favor, decime qué se siente.
—Ale, cortala. No entiendo. ¿Qué se siente? ¿Qué cosa?
—¿Qué se siente…al hacer un gol?.
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