domingo, 19 de abril de 2020

EL METEORITO DE CUERO

Este cuento esta especialmente
dedicado a mi amigo de muchas
tardes de fútbol, al Dr Julio Albonico

Y fue galardonado con el cuarto premio organizado por el BANCO SUPERVILLE siendo el presidente del jurado EDUARDO SACHERI , 1ero de Diciembre de 2022





EL METEORITO DE CUERO

Ricardo Escalante no era un virtuoso en eso de jugar a la pelota. Al tipo le costaba dominar el balón y, a la hora de patear, no se podía saber con exactitud si era zurdo o derecho; con cualquiera de las dos que le pegara, lo hacía mal. Pero sí demostraba actitud: no dejaba de correr de un lado para el otro y nunca daba por perdida una pelota, aunque ello implicara que algún tobillo de un circunstancial adversario se viera afectado, como mínimo, con una fuerte inflamación.

 

Demás está decir que, cuando había que hacer la pisadita para armar los equipos, al pobre Ricardo le correspondía la ingrata convocatoria cuando casi no había jugadores para seleccionar. Aunque su principal virtud —y por supuesto no menor— era que él era el dueño de la pelota de cuero con la que acontecían todos los partidos de la canchita del Trébol cada tarde de cada día de la semana a la salida del colegio.

 

Creo que fue un miércoles de octubre. El calorcito de la primavera transitaba pleno, como una invitación permanente al disfrute de un buen partido de fútbol. Un día soleado donde la canchita comenzaba a recuperar el verde que casi había desaparecido durante el invierno. De a poco fueron llegando los jugadores prestos a disputar el clásico contra nuestros eternos rivales, el equipo del barrio Los Cardos. Casi estábamos todos, pero faltaba Ricardo, y si faltaba Ricardo no había pelota; y si no había pelota, menos habría partido.

 

Cachito Santos se ofreció para ir a buscarlo. Ricardo vivía al lado de su casa, a solo dos cuadras de la canchita. Cacho salió raudo en su mini roda con antena de auto y flecos, dispuesto a cumplir su misión: traer a Ricardo y su pelota. No habrán pasado más de diez minutos cuando observamos llegar a Cacho extremadamente agitado y con cara de preocupación.

 

—Ricardo está enfermo —nos dijo—. Lo llevaron a internar al Hospital Posadas. Me dijo la prima que le agarró una parálisis y salieron rápido para allá.

 

En ese momento nos dimos cuenta de que ya no importaba la pelota de Ricardo. A todos nos preocupaba que a nuestro amigo no le pasara nada.

 

A los quince días Ricardo volvió a su casa. Había sufrido una extraña enfermedad que afectaba su sistema nervioso, haciendo que sus músculos no tuvieran la fuerza necesaria para sostener su cuerpo. Ahora debía emprender una recuperación de mucho tiempo para volver a hacer su vida normal. Esa misma tarde lo fuimos a visitar y nos impactó verlo en una silla de ruedas junto a su tesoro más grande. Allí estaba, aferrado a su pelota de cuero como si fuera un talismán que le iba a devolver su salud maltrecha para volver a hacer lo que más le gustaba: jugar a la pelota.

 

Ricardo tomó su tesoro y lo ofreció a modo de agradecimiento por nuestra preocupación y acompañamiento, diciendo que si su pelota jugaba con nosotros él estaría presente de alguna forma en esos partidos.

 

Oscar Spinelli, nuestro mejor jugador, le dijo que de ninguna manera podíamos aceptar su ofrecimiento porque esa pelota solo debía volver a rodar en nuestra canchita cuando un tal Ricardo Escalante retornara junto a ella para mostrar su exquisito talento.

 

El escueto discurso de Oscar fue realmente emotivo, aunque se le fue la mano cuando habló de “mostrar su exquisito talento”. Pero entiendo que era una forma de generar en él una necesidad de superación para forzar su pronta recuperación.

 

Ricardo había demostrado ser una persona perseverante: sus objetivos se lograban en base a mucho esfuerzo propio y a una gran decisión de querer llegar a cumplir sus sueños.

 

Cada día pasábamos por su casa para ver cómo estaba, principalmente para darle aliento; pero él nos sorprendía mostrándonos que estaba dispuesto a todo con tal de volver a jugar a la pelota.

 

Su padre le había armado una especie de gimnasio con distintas máquinas rudimentarias que le permitían fortalecer sus músculos. Pero lo más formidable era lo que él denominaba “pateo pared”: un extraño arnés que se sujetaba de las vigas del techo del galpón donde guardaban las herramientas. Ese aparejo armado con sogas y roldanas permitía que Ricardo quedara parado para poder ensayar remates con su pelota contra un frontón de ladrillos. La pelota estaba atada con una muy fina piola y, mediante un sistema de resortes, cada vez que era pateada volvía a su punto de origen.

 

A Ricardo le fascinaba ese curioso aparato que había diseñado su padre porque sentía que cada día le pegaba más fuerte y con más precisión al balón.

 

Por otro lado, desde aquel fatídico día en que Ricardo se había enfermado, nunca más pudimos volver a ganarle a los asquerosos y arrogantes pendejos de Los Cardos. Cada partido se hacía más caliente y, a pesar de que teníamos mejores jugadores, esos turros siempre nos ganaban. Cachito sostenía que era porque no jugábamos con la pelota correcta y Oscar decía que éramos todos unos morfones y no le hacíamos un mísero pase.

 

En uno de esos partidos lo trajimos a Ricardo para que nos viera desde su silla de ruedas. Aquel día volvimos a perder, y las gastadas no paraban de castigar nuestro orgullo de defensores del honor del barrio San Francisco.

 

El Pepe Farías, capitán de Los Cardos, terminó de clavar el puñal de la arrogancia cuando nos dijo:

 

—No vamos a jugar más contra ustedes. ¿Para qué? Si ya sabemos cuál va a ser el resultado —largando una carcajada digna de ser borrada con una buena piña.

 

Ricardo, que hasta ese momento no había dicho nada, se plantó con dureza y les dijo:

 

—Ya que ustedes son unos genios y ganan siempre, les hago una apuesta: en quince días jugamos un partido. Si ganan ustedes, se llevan mi pelota; y si ganamos nosotros, nos dan los arcos de su cancha.

 

El Pepe lo miró con lástima y respondió:

 

—No me gusta apropiarme de la pelota de un inválido, aunque tus amigos son más inválidos que vos.

 

Ricardo ni se inmutó y refutó:

 

—O sea, ¿tenés miedo de perder esos hermosos arcos de madera que tienen en su cancha? ¿O realmente son cagones que, cuando hay algo en juego, arrugan?

 

El Pepe, ahora más que nunca con cara de pocos amigos, respondió:

 

—En quince días volvemos y nos llevamos tu pelota. Lo lamento por vos.

 

Ricardo nos había dado una lección. Todos sabíamos que debíamos defender esa pelota a como diera lugar, no solo por nuestro amigo sino también por nuestro orgullo y nuestro barrio.

 

Teníamos quince días para entrenar, para preparar el partido y, sobre todo, para mentalizarnos de que podíamos ganarlo.

 

Cada tarde íbamos a visitar a Ricardo. Como siempre, estaba en su singular gimnasio donde progresaba en su recuperación, todo sostenido en los nuevos aparatos que ayudaban a sus músculos a fortalecerse sin pausa.

 

El día del partido llegó. Habíamos hecho una gran preparación. Sabíamos que, si respetábamos todo lo que trabajamos en esos quince días, teníamos que ganar, salvando de esa manera el tesoro de nuestro amigo, ganando unos nuevos arcos para nuestra cancha y recuperando principalmente el honor perdido en tantos partidos.

 

Cachito pasó a buscar a Ricardo y, mientras lo traía en su silla de ruedas, observó que en su regazo llevaba la pelota perfectamente engrasada. La iba acariciando como quien acaricia a su mascota. Al llegar a la cancha, lo miró fijo a los ojos, le ofreció su tesoro y le dijo:

 

—Hoy tienen autorización para descocerla. Vas a ver que nunca vamos a olvidar este día.

 

El partido se presentaba como todos los que se habían jugado anteriormente: muy disputado. Ellos no te dejaban espacios para jugar y lo tenían al pescador de Pepe Farías que, donde tenía un hueco, te vacunaba.

 

Antes de terminar el primer tiempo, Marito Sánchez le puso un pase en cortada al flaco Spinelli y este, a puro talento, le hizo un caño a un defensor y remató con un potente zurdazo que entró en el rincón inferior derecho del arco de Pancha López para ponernos a ganar 1 a 0.

 

En el entretiempo todo era alegría. Disfrutábamos más viendo la cara de culo del Pepe Farías que de nuestra propia ventaja.

 

Al comenzar el segundo tiempo, el cuatro de ellos le entró fuerte al flaco Spinelli y, desde ese momento, no pudo volver a pisar bien. Al toque, en un rechazo, le quedó la pelota a Farías y este, de un viandazo, le perforó la red al lungo Martelli. Uno a uno y nosotros con un jugador menos, porque el flaco ya no podía caminar.

 

Faltando quince minutos, Cachito lo quiso parar a Farías y le hizo un claro penal que ni daba para discutirlo. Lo pateó el propio arrogante Farías y fue gol. Perdíamos 2 a 1 y la bronca nos generaba impotencia. Antes de recomenzar el partido, veo que Ricardo se incorpora de su silla de ruedas y comienza a hacer señas.

 

—¡Cambio, cambio! ¡Entro por Spinelli! —dijo a los gritos.

 

Mientras todos mirábamos asombrados, como si estuviéramos asistiendo a un momento bíblico, Ricardo no solo caminaba sino que volvía a jugar al fútbol. El flaco lo miró como si viera un fantasma y, casi arrastrándose, salió de la cancha.

 

Yo salí corriendo al encuentro de Ricardo.

 

—No puedo creer que estés caminando. ¡Dejate de joder con jugar! A ver si te lastimás y desperdiciás todo este tiempo de recuperación.

 

—Andá a jugar de defensor y marcá bien a Farías. En donde te quede una pelota, me la tirás. Solo te pido eso.

 

Me habló como si fuera el capitán del equipo, con una enorme convicción y una firme determinación.

 

En la primera pelota que le llegó me asombró ver de qué manera la paró. Era un pase forzado, a cierta altura. Levantó su pierna como si fuera un contorsionista de circo y la durmió en su empeine. La pisó, como amasándola, mientras el dos de ellos trataba infructuosamente de sacársela. Y, cuando el tipo se cayó después del tercer amague, le metió un furibundo derechazo que infló la red sin que el arquero se percatara de que la pelota le pasó entre las manos.

 

Corrimos todos a abrazarlo. Creo que hicimos una montaña humana tratando de no tocarle ningún músculo de todos los que había recuperado. Ricardo lo gritaba como un gol de un mundial. Ahora estábamos 2 a 2 y nos quedaban cinco minutos para ganar ese partido.

 

Cuando ya terminaba el tiempo reglamentario, el rulo Escurra lo tomó de la camiseta a Eugenio, el siete nuestro. Tiro libre: se pateaba y se terminaba el partido. El propio Eugenio acomodó la pelota. Era nuestro mejor especialista en estos menesteres.

 

Cuando contó los pasos para la distancia de la barrera, vi a Ricardo decirle algo. El silbato indicó el inicio del fin del partido. Eugenio salió corriendo hacia donde estaba el balón; cuando llegó a destino, lo esquivó como quien ve una mina antipersonal y, atrás de él, llegó Ricardo, como quien no quiere la cosa, y le pegó con un ligero chanfle, con mucho efecto. La pelota tomó vuelo, girando sobre su propio eje, entendiendo el mensaje que su propio amo acababa de darle. Mientras se alejaba de su botín, disfrutaba de los varios pares de ojos que la observaban, algunos sufriendo por no saber hacia dónde iba y otros rogando que no fuera hacia donde podía ir.

 

Solo Ricardo sabía que esa pelota tenía un único destino. Había sido quien lo acompañó en todos esos días de angustia, pero de perseverancia también. Esa pelota ya era parte de él: era su amiga, su confidente, su talismán que haría que cualquier cosa fuera posible.

 

Cuando la gravedad la invitó a descender, no sé si fue el efecto de ese chanfle, el viento o la propia voluntad de Dios —o quizás todo junto— lo que hizo que se transformara en un extraño meteorito de cuero que se metió en el ángulo superior izquierdo, levantando la red como si fuera un globo aerostático.

 

Ese día ganamos 3 a 2. Ricardo volvió a caminar, una pelota se hizo meteorito, conseguimos unos hermosos arcos nuevos y el Pepe Farías se fue para su barrio rascándose la cabeza y preguntándose cómo habían perdido contra un equipo de discapacitados y con dos goles hechos por un paralítico.

 

Ah, me olvidaba: Ricardo siguió jugando a la pelota. Fue figura en Estudiantes de Río Cuarto. Se lo recuerda como un jugador de exquisita pegada y aún hoy conserva, en una caja de cristal, su vieja pelota de cuero número 5, en cuya base figura una plaqueta con una leyenda que dice lo siguiente:

 

“Este es un meteorito de cuero que me hizo jugador de fútbol, le devolvió el orgullo a mi querido equipo del barrio San Francisco e inmortalizó la cara de ojete del Pepe Farías.”


2 comentarios:

  1. Al igual que que en todos sus cuentos F.Polverini exhibe una cualidad para describir situaciones que,con la excusa de la pelota,nos muestra una pintura de la vida misma.En este cuento en particular nos muestra las cualidades más destacables de este deporte como la amistad,la fuerza para recuperarse y de superación,el coraje y la grandeza como valores esenciales para entender este deporte.Felicitaciones Fabián por otro cuento que te permite aún en el anonimato mezclarte con otro escritores de trayectoria más dilatada.J.A.

    ResponderEliminar
  2. Fabian: me encantó la profundidad desarrollada con "Ricardito" y lo que una pelota puede representar !!

    ResponderEliminar