dedicado a mi amigo de muchas
tardes de fútbol, al Dr Julio Albonico
Ricardo Escalante no era un virtuoso en eso
de jugar a la pelota. Al tipo le costaba dominar el balón y, a la hora de
patear, no se podía saber con exactitud si era zurdo o derecho; con cualquiera
de las dos que le pegara, lo hacía mal. Pero sí demostraba actitud: no dejaba
de correr de un lado para el otro y nunca daba por perdida una pelota, aunque
ello implicara que algún tobillo de un circunstancial adversario se viera
afectado, como mínimo, con una fuerte inflamación.
Demás está decir que, cuando había que
hacer la pisadita para armar los equipos, al pobre Ricardo le correspondía la
ingrata convocatoria cuando casi no había jugadores para seleccionar. Aunque su
principal virtud —y por supuesto no menor— era que él era el dueño de la pelota
de cuero con la que acontecían todos los partidos de la canchita del Trébol
cada tarde de cada día de la semana a la salida del colegio.
Creo que fue un miércoles de octubre. El
calorcito de la primavera transitaba pleno, como una invitación permanente al
disfrute de un buen partido de fútbol. Un día soleado donde la canchita
comenzaba a recuperar el verde que casi había desaparecido durante el invierno.
De a poco fueron llegando los jugadores prestos a disputar el clásico contra
nuestros eternos rivales, el equipo del barrio Los Cardos. Casi estábamos
todos, pero faltaba Ricardo, y si faltaba Ricardo no había pelota; y si no
había pelota, menos habría partido.
Cachito Santos se ofreció para ir a
buscarlo. Ricardo vivía al lado de su casa, a solo dos cuadras de la canchita.
Cacho salió raudo en su mini roda con antena de auto y flecos, dispuesto a
cumplir su misión: traer a Ricardo y su pelota. No habrán pasado más de diez
minutos cuando observamos llegar a Cacho extremadamente agitado y con cara de
preocupación.
—Ricardo está enfermo —nos dijo—. Lo
llevaron a internar al Hospital Posadas. Me dijo la prima que le agarró una
parálisis y salieron rápido para allá.
En ese momento nos dimos cuenta de que ya
no importaba la pelota de Ricardo. A todos nos preocupaba que a nuestro amigo
no le pasara nada.
A los quince días Ricardo volvió a su casa.
Había sufrido una extraña enfermedad que afectaba su sistema nervioso, haciendo
que sus músculos no tuvieran la fuerza necesaria para sostener su cuerpo. Ahora
debía emprender una recuperación de mucho tiempo para volver a hacer su vida
normal. Esa misma tarde lo fuimos a visitar y nos impactó verlo en una silla de
ruedas junto a su tesoro más grande. Allí estaba, aferrado a su pelota de cuero
como si fuera un talismán que le iba a devolver su salud maltrecha para volver
a hacer lo que más le gustaba: jugar a la pelota.
Ricardo tomó su tesoro y lo ofreció a modo
de agradecimiento por nuestra preocupación y acompañamiento, diciendo que si su
pelota jugaba con nosotros él estaría presente de alguna forma en esos
partidos.
Oscar Spinelli, nuestro mejor jugador, le
dijo que de ninguna manera podíamos aceptar su ofrecimiento porque esa pelota
solo debía volver a rodar en nuestra canchita cuando un tal Ricardo Escalante
retornara junto a ella para mostrar su exquisito talento.
El escueto discurso de Oscar fue realmente
emotivo, aunque se le fue la mano cuando habló de “mostrar su exquisito
talento”. Pero entiendo que era una forma de generar en él una necesidad de
superación para forzar su pronta recuperación.
Ricardo había demostrado ser una persona
perseverante: sus objetivos se lograban en base a mucho esfuerzo propio y a una
gran decisión de querer llegar a cumplir sus sueños.
Cada día pasábamos por su casa para ver
cómo estaba, principalmente para darle aliento; pero él nos sorprendía
mostrándonos que estaba dispuesto a todo con tal de volver a jugar a la pelota.
Su padre le había armado una especie de
gimnasio con distintas máquinas rudimentarias que le permitían fortalecer sus
músculos. Pero lo más formidable era lo que él denominaba “pateo pared”: un
extraño arnés que se sujetaba de las vigas del techo del galpón donde guardaban
las herramientas. Ese aparejo armado con sogas y roldanas permitía que Ricardo
quedara parado para poder ensayar remates con su pelota contra un frontón de
ladrillos. La pelota estaba atada con una muy fina piola y, mediante un sistema
de resortes, cada vez que era pateada volvía a su punto de origen.
A Ricardo le fascinaba ese curioso aparato
que había diseñado su padre porque sentía que cada día le pegaba más fuerte y
con más precisión al balón.
Por otro lado, desde aquel fatídico día en
que Ricardo se había enfermado, nunca más pudimos volver a ganarle a los
asquerosos y arrogantes pendejos de Los Cardos. Cada partido se hacía más
caliente y, a pesar de que teníamos mejores jugadores, esos turros siempre nos
ganaban. Cachito sostenía que era porque no jugábamos con la pelota correcta y
Oscar decía que éramos todos unos morfones y no le hacíamos un mísero pase.
En uno de esos partidos lo trajimos a
Ricardo para que nos viera desde su silla de ruedas. Aquel día volvimos a
perder, y las gastadas no paraban de castigar nuestro orgullo de defensores del
honor del barrio San Francisco.
El Pepe Farías, capitán de Los Cardos,
terminó de clavar el puñal de la arrogancia cuando nos dijo:
—No vamos a jugar más contra ustedes. ¿Para
qué? Si ya sabemos cuál va a ser el resultado —largando una carcajada digna de
ser borrada con una buena piña.
Ricardo, que hasta ese momento no había
dicho nada, se plantó con dureza y les dijo:
—Ya que ustedes son unos genios y ganan
siempre, les hago una apuesta: en quince días jugamos un partido. Si ganan
ustedes, se llevan mi pelota; y si ganamos nosotros, nos dan los arcos de su
cancha.
El Pepe lo miró con lástima y respondió:
—No me gusta apropiarme de la pelota de un
inválido, aunque tus amigos son más inválidos que vos.
Ricardo ni se inmutó y refutó:
—O sea, ¿tenés miedo de perder esos
hermosos arcos de madera que tienen en su cancha? ¿O realmente son cagones que,
cuando hay algo en juego, arrugan?
El Pepe, ahora más que nunca con cara de
pocos amigos, respondió:
—En quince días volvemos y nos llevamos tu
pelota. Lo lamento por vos.
Ricardo nos había dado una lección. Todos
sabíamos que debíamos defender esa pelota a como diera lugar, no solo por
nuestro amigo sino también por nuestro orgullo y nuestro barrio.
Teníamos quince días para entrenar, para
preparar el partido y, sobre todo, para mentalizarnos de que podíamos ganarlo.
Cada tarde íbamos a visitar a Ricardo. Como
siempre, estaba en su singular gimnasio donde progresaba en su recuperación,
todo sostenido en los nuevos aparatos que ayudaban a sus músculos a
fortalecerse sin pausa.
El día del partido llegó. Habíamos hecho
una gran preparación. Sabíamos que, si respetábamos todo lo que trabajamos en
esos quince días, teníamos que ganar, salvando de esa manera el tesoro de
nuestro amigo, ganando unos nuevos arcos para nuestra cancha y recuperando
principalmente el honor perdido en tantos partidos.
Cachito pasó a buscar a Ricardo y, mientras
lo traía en su silla de ruedas, observó que en su regazo llevaba la pelota
perfectamente engrasada. La iba acariciando como quien acaricia a su mascota.
Al llegar a la cancha, lo miró fijo a los ojos, le ofreció su tesoro y le dijo:
—Hoy tienen autorización para descocerla.
Vas a ver que nunca vamos a olvidar este día.
El partido se presentaba como todos los que
se habían jugado anteriormente: muy disputado. Ellos no te dejaban espacios
para jugar y lo tenían al pescador de Pepe Farías que, donde tenía un hueco, te
vacunaba.
Antes de terminar el primer tiempo, Marito
Sánchez le puso un pase en cortada al flaco Spinelli y este, a puro talento, le
hizo un caño a un defensor y remató con un potente zurdazo que entró en el
rincón inferior derecho del arco de Pancha López para ponernos a ganar 1 a 0.
En el entretiempo todo era alegría.
Disfrutábamos más viendo la cara de culo del Pepe Farías que de nuestra propia
ventaja.
Al comenzar el segundo tiempo, el cuatro de
ellos le entró fuerte al flaco Spinelli y, desde ese momento, no pudo volver a
pisar bien. Al toque, en un rechazo, le quedó la pelota a Farías y este, de un
viandazo, le perforó la red al lungo Martelli. Uno a uno y nosotros con un
jugador menos, porque el flaco ya no podía caminar.
Faltando quince minutos, Cachito lo quiso
parar a Farías y le hizo un claro penal que ni daba para discutirlo. Lo pateó
el propio arrogante Farías y fue gol. Perdíamos 2 a 1 y la bronca nos generaba
impotencia. Antes de recomenzar el partido, veo que Ricardo se incorpora de su
silla de ruedas y comienza a hacer señas.
—¡Cambio, cambio! ¡Entro por Spinelli!
—dijo a los gritos.
Mientras todos mirábamos asombrados, como
si estuviéramos asistiendo a un momento bíblico, Ricardo no solo caminaba sino
que volvía a jugar al fútbol. El flaco lo miró como si viera un fantasma y,
casi arrastrándose, salió de la cancha.
Yo salí corriendo al encuentro de Ricardo.
—No puedo creer que estés caminando.
¡Dejate de joder con jugar! A ver si te lastimás y desperdiciás todo este
tiempo de recuperación.
—Andá a jugar de defensor y marcá bien a
Farías. En donde te quede una pelota, me la tirás. Solo te pido eso.
Me habló como si fuera el capitán del
equipo, con una enorme convicción y una firme determinación.
En la primera pelota que le llegó me
asombró ver de qué manera la paró. Era un pase forzado, a cierta altura.
Levantó su pierna como si fuera un contorsionista de circo y la durmió en su
empeine. La pisó, como amasándola, mientras el dos de ellos trataba
infructuosamente de sacársela. Y, cuando el tipo se cayó después del tercer
amague, le metió un furibundo derechazo que infló la red sin que el arquero se
percatara de que la pelota le pasó entre las manos.
Corrimos todos a abrazarlo. Creo que
hicimos una montaña humana tratando de no tocarle ningún músculo de todos los
que había recuperado. Ricardo lo gritaba como un gol de un mundial. Ahora
estábamos 2 a 2 y nos quedaban cinco minutos para ganar ese partido.
Cuando ya terminaba el tiempo
reglamentario, el rulo Escurra lo tomó de la camiseta a Eugenio, el siete
nuestro. Tiro libre: se pateaba y se terminaba el partido. El propio Eugenio
acomodó la pelota. Era nuestro mejor especialista en estos menesteres.
Cuando contó los pasos para la distancia de
la barrera, vi a Ricardo decirle algo. El silbato indicó el inicio del fin del
partido. Eugenio salió corriendo hacia donde estaba el balón; cuando llegó a destino,
lo esquivó como quien ve una mina antipersonal y, atrás de él, llegó Ricardo,
como quien no quiere la cosa, y le pegó con un ligero chanfle, con mucho
efecto. La pelota tomó vuelo, girando sobre su propio eje, entendiendo el
mensaje que su propio amo acababa de darle. Mientras se alejaba de su botín,
disfrutaba de los varios pares de ojos que la observaban, algunos sufriendo por
no saber hacia dónde iba y otros rogando que no fuera hacia donde podía ir.
Solo Ricardo sabía que esa pelota tenía un
único destino. Había sido quien lo acompañó en todos esos días de angustia,
pero de perseverancia también. Esa pelota ya era parte de él: era su amiga, su
confidente, su talismán que haría que cualquier cosa fuera posible.
Cuando la gravedad la invitó a descender,
no sé si fue el efecto de ese chanfle, el viento o la propia voluntad de Dios
—o quizás todo junto— lo que hizo que se transformara en un extraño meteorito
de cuero que se metió en el ángulo superior izquierdo, levantando la red como
si fuera un globo aerostático.
Ese día ganamos 3 a 2. Ricardo volvió a
caminar, una pelota se hizo meteorito, conseguimos unos hermosos arcos nuevos y
el Pepe Farías se fue para su barrio rascándose la cabeza y preguntándose cómo
habían perdido contra un equipo de discapacitados y con dos goles hechos por un
paralítico.
Ah, me olvidaba: Ricardo siguió jugando a
la pelota. Fue figura en Estudiantes de Río Cuarto. Se lo recuerda como un
jugador de exquisita pegada y aún hoy conserva, en una caja de cristal, su
vieja pelota de cuero número 5, en cuya base figura una plaqueta con una
leyenda que dice lo siguiente:
“Este es un meteorito de cuero que me hizo
jugador de fútbol, le devolvió el orgullo a mi querido equipo del barrio San
Francisco e inmortalizó la cara de ojete del Pepe Farías.”

.jpg)


Al igual que que en todos sus cuentos F.Polverini exhibe una cualidad para describir situaciones que,con la excusa de la pelota,nos muestra una pintura de la vida misma.En este cuento en particular nos muestra las cualidades más destacables de este deporte como la amistad,la fuerza para recuperarse y de superación,el coraje y la grandeza como valores esenciales para entender este deporte.Felicitaciones Fabián por otro cuento que te permite aún en el anonimato mezclarte con otro escritores de trayectoria más dilatada.J.A.
ResponderEliminarFabian: me encantó la profundidad desarrollada con "Ricardito" y lo que una pelota puede representar !!
ResponderEliminar